Los pacientes podrían pensar: “Mi médico no tiene idea de lo que estoy pasando”, cuando consultan por dolor, fatiga, debilidad u otros síntomas relacionados con padecimientos neurológicos. Pero en ocasiones, los médicos sí saben por lo que sus pacientes atraviesan, ya que tienen el mismo problema.
Las estadísticas exactas son difíciles de encontrar, pero las encuestas sugieren que la probabilidad es mayor para algunos padecimientos neurológicos. De hecho, una encuesta publicada en la revista Headache en 2016 encontró que los especialistas en dolor de cabeza — de los que el 86% son neurólogos — padecen alguna forma de dolor de cabeza o migraña. Setenta por ciento indicó antecedentes de migraña episódica, 14% de migraña crónica, 2% episodios de dolor de cabeza en racimos y 4% había presentado dolor de cabeza relacionado con síndrome posconmoción cerebral.
Para conocer cuál es la influencia de tener el mismo diagnóstico que su paciente en la atención que brinda un médico, hablamos con María De León, MD, neuróloga retirada que vive en Nacogdoches, TX, y quien tiene enfermedad de Parkinson. Ella es autora de Parkinson’s Diva: A Woman’s Guide to Parkinson’s Disease (thewordverve, 2015) y promotora de investigación para Parkinson’s Foundation.
Años después de atender pacientes con enfermedad de Parkinson, la Dra. De León notó que tenía los mismos síntomas de sus pacientes — rigidez, lentitud y problemas en la marcha. También tenía dolor, problemas visuales, depresión y ansiedad. Una vez confirmado el diagnóstico —hace 15 años — comenzó a compartir su experiencia con sus pacientes y de inmediato se sintió más cercana y más empática con ellos. “Anticipaba sus problemas y síntomas mejor que antes”, comenta. También se enfocó en los cuidadores de sus pacientes, un papel que conocía bien después de cuidar a su abuela, quien también tuvo enfermedad de Parkinson.
Como ejemplo de su empatía y enfoque en los cuidadores, la Dra. De León describe la consulta con una paciente, quien cuidaba de un familiar con enfermedad de Parkinson en etapa terminal. “Reconocí la frustración en su rostro”, indica. “Recuerdo decirle: ‘Parece que necesitas alguien con quien hablar, ¿qué sucede?’” Cuando le contó que su madre ya no la reconocía y peleaba mucho, la Dra. De León le contó sobre su experiencia con su abuela. “Hablamos sobre cómo [algunas personas con enfermedad de Parkinson en etapas avanzadas] no son conscientes de lo que dicen y cuán importante es no tomarlo personal. En verdad le fue muy útil”.
Mark Clark, expaciente de la Dra. De León, explica que fue muy útil tener una doctora que también tenía enfermedad de Parkinson. “Comparábamos síntomas y nos entendíamos por completo. Hablar de ello me ayudó a sobrellevarlo”, dice Clark, ahora de 70 años y contratista eléctrico jubilado quien tiene temblor y dificultad para mantener el equilibrio. “Era como mi veleta, me ayudaba a predecir lo que pasaría en el futuro y lo apreciaba mucho”.
La Dra. De León aprecia lo positivo de tener la misma enfermedad que sus pacientes, pero señala que hay dificultades prácticas. Antes de cerrar su consultorio médico tenía temblor, principalmente en los pies, y tenía un dolor quemante en las piernas. Le tomaba más tiempo hacer las cosas y se cansaba con facilidad. “Al examinar a mis pacientes ya no podía abrir y cerrar la mano o tocar mis dedos como antes; tampoco podía mostrar a mis pacientes cómo debían caminar porque perdía el equilibrio y me volvía inestable”, recuerda. “Estaba tan abrumada como mis pacientes y me costaba escribir. Se supone que los médicos tenemos mala letra, pero al final mi letra se
volvió tan ilegible que mi enfermera tenía que escribir las recetas y yo las firmaba”.