Laurie Hays, de 53 años, sufre de migraña desde que tenía 19 años. Cuando comenzó, supuso que su causa era genética. “Hay antecedentes por parte de mi madre”, dice Hays, técnico en urgencias médicas en Charlotte, NC. Sin embargo, a los treinta años se preguntó si el dolor de cabeza no tendría relación con una infancia difícil. “Mi padre perdía el control con facilidad y para mí era como caminar sobre vidrios rotos”, dice Hays. “No sabía qué lo provocaría y lo evitaba todo lo posible para que no me insultara. Como era la mayor, me presionaba mucho para cuidar a mis hermanos pequeños y ser la ‘niña buena’”.
Los padres de Hays se divorciaron y ya no tiene contacto con su padre. “No fue una decisión fácil, pero ya me siento más sana”, dice.
La corazonada de Hays concuerda con la investigación que sugiere que las experiencias adversas en la infancia (EAI) - violencia, abuso o abandono entre el nacimiento y los 17 años- podrían condicionar enfermedades crónicas, incluidas las neurológicas. Una revisión de 28 estudios publicada en Neurology en 2023 descubrió que las personas que sufrieron al menos una EAI tenían mayor probabilidad de tener dolores de cabeza que las que no. La probabilidad de tener dolores de cabeza en personas con cuatro EAI fue el doble que la de quienes no informaron EAI. Según un estudio publicado en Headache en 2020 que examinó registros médicos de casi 62 000 niños, el riesgo de padecimientos con dolor de cabeza fue 1.3 veces mayor en niños con una EAI informada y 3.4 veces mayor en niños con cuatro EAI o más en comparación con niños que no informaron EAI.
“Las EAI se asocian con un gran número de problemas de salud después en la vida”, afirma la Serena Orr, MD, neuróloga pediátrica en Alberta Children's Hospital en Calgary. “Sentirnos desatendidos o amenazados durante la infancia -un periodo crítico del desarrollo-, podría condicionar cosas malas en el cerebro y el cuerpo”.
Susan Anderson, de 50 años, tuvo su primer ataque de migraña hace 20 años y lo atribuyó a una lesión cervical relacionada con su trabajo, pero ahora cree que se podría deber a un trauma infantil. Sufrió varios episodios de abuso sexual desde los 6 años y su padre los manejó mal, lo cual agravó el trauma. “La reacción exagerada de mi padre hizo que aprendiera a ocultar e interiorizar todo”, dice Anderson, terapeuta ocupacional en Fort Lauderdale, FL.
Años después, Anderson fue agredida por un vecino y un tío. Ella creía que sus padres lo sabían y no hacían nada, dice. Luchó contra las adicciones y la depresión, y se le llegó a diagnosticar erróneamente trastorno bipolar. Fue su neurólogo quien hizo la conexión. “Le hablé de mis traumas en la infancia”, dice Anderson. “Tiene sentido que las migrañas se deban, en parte, a eso. Luché contra tanto estrés que desgasté cinco protectores bucales. Vivir con una agitación interna le pasa factura a tu cuerpo a largo plazo”.
Cerca de dos tercios de los adultos han tenido al menos una experiencia traumática en la infancia, y uno de cada seis ha tenido cuatro o más, según Centers for Disease Control and Prevention. Pero en las personas con padecimientos neurológicos, los EAI suelen ocurrir con más frecuencia. En un estudio publicado en Neurology Clinical Practice en 2021 en el que participaron 198 pacientes de neurología, casi uno de cada cuatro tenía “puntuaciones altas de EAI” (usando cuestionarios y exámenes de salud mental), mientras que en la población general alrededor de una de cada ocho personas las tiene. Los sujetos también informaron más ansiedad y depresión, visitas al médico y al servicio de urgencias, y hospitalizaciones.
Los neurólogos no saben con certeza cuál es la relación entre los traumas infantiles y los padecimientos neurológicos posteriores. “Podría estar en el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), el principal sistema de respuesta al estrés”, afirma la Dra. Gretchen Tietjen, profesora emérita de Toledo College of Medicine and Life Sciences en Ohio. El eje HPA incluye conexiones entre hipotálamo, hipófisis y glándula suprarrenal, las cuales trabajan en conjunto para producir hormonas que liberan cortisol en situaciones de estrés y las reducen cuando los niveles son demasiado altos. El estrés frecuente o intenso puede hacer que funcione mal el eje y provocar un aumento de la inflamación y cambios en la estructura y el funcionamiento del cerebro, explica la Dra. Tietjen.
“En estudios de imagen de los cerebros de personas que han sufrido maltrato, vemos cambios en su estructura que podrían activar el eje HPA”, dice, y señala que la disfunción del eje también podría causar cambios que afecten la mezcla de bacterias en el tubo digestivo. “Esto aumenta la liberación de las citocinas inflamatorias que pueden activar el nervio trigémino que participa en la migraña”, dice la Dra. Tietjen.
El dolor de cabeza no es el único padecimiento neurológico asociado con traumas infantiles. La investigación relaciona a los traumas con infartos cerebrales, enfermedad de Alzheimer, esclerosis múltiple y convulsiones. Un estudio publicado en Journal of Head Trauma Rehabilitation en 2023 concluyó que los niños con más EAI tenían mayor probabilidad de sufrir lesiones en la cabeza o el cuello y conmociones. Los niños con dos EAI tenían una probabilidad 24% mayor de tener lesiones en la cabeza o el cuello y 64% mayor de conmoción cerebral, mientras que los niños con cuatro o más EAI tenían una probabilidad 70% mayor de sufrir lesiones en la cabeza o el cuello y 140% mayor de sufrir una conmoción cerebral. Una teoría es que los niños que sufrieron traumas se comportan de forma más arriesgada y eso aumenta su probabilidad de tener lesiones o conmociones cerebrales, dice la autora, Altaf Saadi, MD, investigadora principal de Neurodisparities and Health Justice Lab de Massachusetts General Hospital en Boston. “Las EAI por sí mismas pueden alterar el desarrollo del cerebro e interferir en la función cognitiva y emocional”. Sería ideal que el neurólogo indagara antecedentes traumáticos en las visitas de sus pacientes, pero no suelen hacerlo por falta de tiempo o porque les preocupa cómo abordar el tema. Los expertos afirman que se debe investigar para determinar si es necesaria una evaluación posterior y qué hacer si alguien ha tenido una infancia traumática.
Todo forma parte de la atención de casos en los que se informan antecedentes traumáticos, dice la Dra. Orr. “El enfoque cambia de ‘¿Qué tienes?’ a ‘¿Qué fue lo que te sucedió?’“. Una de sus pacientes con epilepsia, por ejemplo, pasó gran parte de su infancia en albergues temporales. Acudir a instituciones como los hospitales a recibir tratamiento, le daba pavor. “Tenía que ganarme su confianza y dedicar tiempo a escucharla y validar sus sentimientos”, dice la Dra. Orr. “De lo contrario, no vendría más a consulta ni recibiría la atención que necesitaba”.
Si se siente cómodo al revelarlo, el paciente con infancia traumática debe comunicarlo al neurólogo, dice la Dra. Saadi. “A veces no notan cuán persistente es el efecto de un trauma del pasado, incluso años después”. Informar un trauma quizá no cambie el tratamiento médico, pero podría derivar en recursos adicionales, como la psicoterapia, la cual, incluso, podría mejorar el resultado neurológico del paciente, dice Teshamae Monteith, MD, FAAN, profesora de neurología en University of Miami Miller School of Medicine.
Para quienes han sufrido traumas, la Dra. Tietjen recomienda ejercicios para reducir el estrés, como meditación, atención plena, yoga, tai chi o biorretroalimentación. “Cada factor estresante adicional predispone a más inflamación y -posiblemente- cambios cerebrales”, afirma. “Si controla la reacción de su cuerpo con respiración profunda, podrá disminuir la inflamación, aliviar dolores de cabeza o, al menos, reducir su tensión arterial. Como resultado, se sentirá mejor”.