Brain health in your inbox!

Subscribe to our free emails

Sign Up Now


We provide you with articles on brain science, timely topics, and healthy living for those affected by neurologic challenges or seeking better brain health.  

Padecimientos
By Gina Shaw

Perder el olfato podría ser un signo temprano de enfermedades neurológicas

No percibir los olores podría indicar algunos trastornos. Expertos en olfato explican por qué.  

Illustration of man walking past objects with different scents
Ilustración de Loris Lora

A Roger Fredenburg le encantaba el aroma del pan recién horneado que salía de una panadería cercana a su peluquería en Bellevue, NE. Pero una mañana a finales de la década de 1990, mientras caminaba hacia la panadería, notó asombrado que no percibía ningún aroma. “Me pregunté si la panadería estaría cerrada”, dice. Pero al pasar frente al negocio, vio sus luces encendidas y personal trabajando. Por alguna extraña razón, aquel día no pudo oler sus productos. “Pensé que tenía la nariz tapada, una alergia quizá”, dice.

Sin embargo, Fredenburg, ahora de 56 años, fue perdiendo poco a poco el olfato. “Llegué a un punto en el que no olía cuando cocinaban panqueques o se freía ajo y cebolla”, explica. “Si probaba una barra de chocolate, notaba lo dulce pero no me sabía a chocolate”, añade.

Un año después de que empezara a desaparecer su olfato, Fredenburg notó pequeños temblores en la mano derecha. “Primero me temblaba el dedo anular, luego toda la mano derecha y después la izquierda”, dice. “Los clientes me preguntaban si estaba bien y yo les respondía que tenía el azúcar baja. Los médicos me decían que era estrés”.

Preocupada, una de sus clientas llevo a su hijo médico a ver a Fredenburg. “Caminaba encorvado, arrastraba los pies y daba pasos muy cortos”, cuenta. “Su hijo me vio y dijo: ‘Caminas como si tuvieras 85 años. Tienes que ver a un neurólogo’“. Después de varias pruebas y estudios de imagen, en febrero de 2000 le diagnosticaron enfermedad de Parkinson de inicio temprano, poco antes de que Fredenburg cumpliera 32 años.

La pérdida del olfato como precursor de la enfermedad de Parkinson en Fredenburg está respaldada por resultados de investigación y se le identifica también como un síntoma temprano de enfermedad de Alzheimer. “Los estudios muestran que entre 75 y 95% de las personas con Parkinson tienen alteraciones en el sentido del olfato -el déficit puede aparecer varios años antes de los síntomas motores clásicos del Parkinson y ahora se considera uno de sus signos más tempranos”, dice el neurocientífico Richard Doty, PhD, FAAN, quien dirige Smell and Taste Center en Perelman School of Medicine de University of Pennsylvania. “Calificaciones bajas en las pruebas de olfato también se han relacionado con deterioro cognitivo y con un riesgo mayor de tener Alzheimer en los próximos años”, añade.

La pérdida del sentido del olfato se produce cuando alguna parte de la vía que permite oler (conductos nasales, nervio olfatorio y cerebro) se daña por el envejecimiento o por enfermedades o traumatismos. La pérdida del sentido del olfato puede ser parcial (hiposmia) o total (anosmia). Dado que el sentido del gusto está vinculado al olfato, los cambios en el gusto suelen acompañarse también de cambios en el olfato. Esto ocurre a pesar de que las papilas gustativas siguen detectando cuando algo es salado, dulce, ácido, amargo o sabroso (Fredenburg aún percibía lo dulce del chocolate pero no identificaba su sabor).

Causas

“Por diferentes factores, en cierta medida todos perdemos el olfato a medida que envejecemos”, explica el Dr. Doty. “Los forámenes (orificios entre la cavidad nasal y el cerebro a través de los cuales se proyectan los nervios olfatorios) se endurecen con la edad. Un cráneo más viejo no tendrá tantos orificios como uno más joven y a medida que envejecemos más, se suman daños en otras estructuras de la región olfatoria (por micropartículas, contaminación, virus, bacterias, etc.). Se dañan o pierden células y puede que no sea notorio hasta que se alcanza algún umbral”.

El daño a lo largo de la vida se puede agravar por diferentes padecimientos neurológicos. “La investigación ha descubierto que fallas en algunos neurotransmisores (mensajeros químicos del cerebro), en particular acetilcolina, se relacionan con pérdida del olfato y padecimientos como el Parkinson y el Alzheimer”, afirma el Dr. Doty. En un estudio publicado en Lancet Neurology, el Dr. Doty y su equipo analizaron el tamaño del núcleo basal, una región del cerebro que produce estos neurotransmisores, y descubrieron que se relacionaba con el grado de pérdida de olfato que se produce en padecimientos neurodegenerativos.

Las proteínas mal plegadas, que se asocian con la enfermedad de Parkinson (alfa-sinucleína) y la enfermedad de Alzheimer (amiloide-beta y tau), se acumulan primero en el bulbo olfatorio, dice Daniel Wesson, PhD, presidente y profesor de farmacología y terapéutica en University of Florida College of Medicine e investigador de UF Center for Smell and Taste. Tenemos dos bulbos olfatorios, uno arriba de cada conducto nasal, los cuales funcionan como los primeros centros que procesan la información olfatoria que viene de la nariz. “De esta forma, los patógenos afectan la comunicación normal del sistema olfatorio antes de que aparezcan otros síntomas”, dice el Dr. Wesson. “No sabemos con certeza por qué la acumulación se produce aquí primero, pero podría ser porque esta región está expuesta al ambiente como punto de entrada al cerebro”.

La disminución del olfato también se puede deber a otros motivos, dice el Dr. Wesson. “Algunas personas nacen sin sentido del olfato. Otras pueden perderlo de forma temporal o permanente como consecuencia de traumatismos o de daños causados por el tabaco o alergias. También se puede deber a aerosoles nasales, medicamentos, cambios en la dieta o infecciones”.

Las infecciones respiratorias son causas muy comunes y el virus COVID-19 se asocia más que otros virus a pérdida significativa del olfato según varios estudios europeos realizados en 2020. “Los virus suelen dañar el epitelio olfatorio, el tejido especializado que está al interior de las fosas nasales y que contiene a las neuronas del olfato”, afirma el Dr. Doty.

Para Kimberly Montgomery, de 65 años, directora del desfile anual de Acción de Gracias de Macy's en New York, perder el olfato fue un indicio de que podría tener COVID-19. El domingo previo al desfile en 2020, ella y su familia pidieron comida italiana para comer mientras se preparaba para el evento. “Mordí mis ravioles y pensé que sabían fatal”, cuenta Montgomery, que vive en Teaneck, New Jersey.

Ese mismo día, recuerda, limpió las superficies de su casa con Lysol y notó que no percibía su fuerte olor. “Ahí me di cuenta: no había problemas con los ravioles, simplemente no los podía oler y tampoco me sabían. Pensé: ‘Uh-oh’“. Efectivamente, Montgomery dio positivo en la prueba de COVID-19. Pasados unos seis meses recuperó gradualmente el olfato.

COVID-19 parece dañar más el sentido del olfato que otros virus debido a su efecto sobre determinados tipos de células que apoyan a las neuronas del olfato y que garantizan que funcionen bien para que podamos percibir e identificar los olores. “COVID-19 acaba con estas células con rapidez y los desechos generados por su destrucción provocan una fuerte respuesta inmunitaria”, afirma Benjamin tenOever, PhD y profesor de microbiología en NYU Langone Health. “En lugar de procesar olores y fabricar receptores relacionados con el olfato, que es su función principal, las neuronas del olfato están ocupadas defendiéndose”. Días o semanas después, el sistema regresa a la normalidad y se recupera el olfato.

“En algunos casos se dañan las neuritas, los largos receptores que salen del cuerpo de las neuronas, y éstas pueden tardar más tiempo en volver a crecer”, explica el Dr. tenOever. “Esas personas pueden perder el olfato por meses. En casos extremos, el daño destruye esas neuritas y se puede perder el olfato de forma permanente”.

Posibilidades de recuperación

Según un estudio publicado en Annals of Neurology, entre un tercio y la mitad de los pacientes de la clínica del Dr. Doty recuperaron parcialmente el olfato. “De los que tenían pérdida total, sólo 11% recuperó una función olfatoria suficiente para considerarse ‘normal’“, afirma. “Pero entre aquellos que aún tenían cierta capacidad para oler, alrededor de 23% recuperó un rango normal del olfato ajustado a su edad, aunque hay mucha variabilidad”.

Un estudio publicado en la revista American Journal of Otolaryngology en 2022 descubrió que la mayoría de quienes perdían el olfato por COVID-19 lo recuperaban unas tres semanas después de la infección, y 81% notaba cómo su olfato volvía a la normalidad a los seis meses. Las personas con pérdida inicial del olfato más grave tenían menos probabilidades de recuperarse por completo.

Montgomery ahora puede saborear y oler, pero no como antes. “Ciertos sabores me saben o huelen completamente diferente”, dice. “Las cosas con canela, nuez moscada o clavo, como la tarta de calabaza, no las percibo. El otro día mi marido tomaba una Coca-Cola y le pedí olerla; olía como yo lo recordaba, pero cuando la probé, sabía a agua de ajo”.

Otras personas que tuvieron COVID-19, como James Rahill de Schwenksville, PA, todavía no pueden oler. Se le diagnosticó en noviembre de 2020 y notó que había perdido el olfato cuando su mujer sacó rábano picante de la nevera y no pudo olerlo. “Los dos tuvimos COVID-19 más de una vez y mi esposa tuvo cierto grado de deterioro en el olfato la primera vez, pero el suyo ya volvió y el mío no”. La pérdida es especialmente devastadora para Rahill, de 65 años, antiguo chef y propietario de un restaurante, quien optó por jubilarse.

No poder oler era el menor de los problemas de Fredenburg. Estaba tan debilitado por la enfermedad de Parkinson que dejó de trabajar y se fue a vivir con sus padres en 2007. Cinco años después, se sometió a estimulación cerebral profunda (ECP) con la que experimentó una recuperación notable. “Ya no tengo temblores visibles. Sigo tomando medicamentos y me pongo bótox cada pocos meses porque tengo distonía en una pierna, pero si me miras hoy, no sabrías que vivo con Parkinson”, dice. “Regresé a mi casa, corto el césped, quito la nieve, trabajo en el jardín y saco a pasear a mi perro”.

Un posible e inesperado beneficio de la ECP ha sido la recuperación espontánea del olfato. “A veces, cuando cocino una tarta de manzana, puedo oler la canela”, dice Fredenburg.