El hogar de Lorna Scheel en Ypsilanti, MI, es un paraíso para los amantes de las mascotas. Incluye a Sargent, un labrador de 10 años, Otis, un gato Savannah de 11 años, Sal, una tortuga, y una serpiente que se unió en agosto pasado.
“Otis es prácticamente mío”, dice Scheel. “Cuando trabajo, se recuesta en mi brazo y siempre quiere estar conmigo”.
El vínculo se volvió más útil en 2015 cuando Scheel fue diagnosticada con esclerosis múltiple remitente recurrente. Sus primeros síntomas incluían caídas y problemas de equilibrio que la llevaron al hospital. Recuerda cómo sus gatos la consolaban como pocas personas lo hacían. “Se aseguraban de que estuviera bien”, comenta. “Me vieron llorar cuando nadie más lo hizo y siguen amándome”. (Su otro gato murió inesperadamente a mediados de abril).
La conexión emocional entre Scheel y sus animales es difícil de cuantificar, pero los científicos han explorado ampliamente el vínculo entre dueños y mascotas, y su efecto con el paso del tiempo en humanos.
Un estudio reciente, presentado en la conferencia anual de American Academy of Neurology en abril, sugiere que una mascota podría retrasar el deterioro cognitivo en adultos mayores. “Se sabe poco del efecto a largo plazo de una mascota en la salud cognitiva”, señala Tiffany J. Braley, MD, profesora de Neurología en University of Michigan y una de las autoras. “Al menos 50% de los adultos mayores en Estados Unidos tiene una mascota. Dado el riesgo de trastornos cognitivos en este país, debemos entender mejor el efecto de las mascotas en la salud del cerebro a largo plazo”.
Para analizar esa conexión, la Dra. Braley, junto a Jennifer Applebaum, MD, candidata a PhD en Sociología en University of Florida, analizó datos de Health and Retirement Study (HRS), una encuesta representativa nacional sobre la salud a largo plazo y las implicaciones sociales y económicas del envejecimiento en Estados Unidos. “Se encuestó a los participantes cada dos años y se les hicieron pruebas cognitivas breves”, explica la Dra. Braley. “Revisamos datos de 1 369 participantes y comparamos los resultados de las pruebas en un periodo de seis años entre quienes tenían y no tenían mascotas”.
Encontraron que las personas de 65 años o más que tuvieron mascotas por más de cinco años tenían mejores puntuaciones en las pruebas cognitivas que quienes no tenían mascotas. “La diferencia se mantuvo durante todo el seguimiento y fue independiente al tipo de mascota”, indica la Dra. Braley.
Destaca que tener una mascota conlleva tener menos estrés, más actividad física y más oportunidades de socializar, los cuales podrían retrasar el deterioro cognitivo. “Otros estudios encontraron una relación entre la exposición acumulada al estrés y el riesgo de demencia. Si tener una mascota reduce el estrés, podría tener un efecto directo en la salud cognitiva”, indica.
Sin embargo, aún se requiere investigación, dice la Dra. Braley, quien no recomienda comprar una mascota sólo por reducir el riesgo de problemas cognitivos. Ella y otros expertos sugieren siempre considerar el extenso compromiso financiero, emocional y social que implica cuidar un animal.
El estudio de la Dra. Braley se suma a otros pocos que se han realizado sobre el efecto de una mascota en la salud de personas con condiciones como trastorno por estrés postraumático o personas de edad avanzada que padecen los efectos aislantes de la COVID-19. “Vemos más evidencia de que las personas que interactúan con sus mascotas o las de otros, tienen menos estrés”, indica Sandra Barker, PhD, directora de Center for Human-Animal Interaction en Richmond, VA. “La evidencia fisiológica incluye cifras más altas de oxitocina (hormona implicada en el vínculo social y materno) y presión sistólica más baja en personas que conviven a menudo con animales”.
Junto a otros colaboradores, la Dra. Barker realizó un estudio preliminar sobre el efecto fisiológico de interactuar con un perro de terapia conocido y uno desconocido. Midieron actividad cerebral, presión sanguínea, frecuencia cardiaca y cortisol en saliva antes y después de una tarea estresante e interactuar con un perro de terapia. Notaron una reducción significativa del estrés: “Se observaron patrones de actividad cerebral que indican relajación similar en quienes interactuaban con su propio perro o con uno desconocido”, comenta la Dra. Barker.
Los resultados de las pruebas de las doctoras Braley y Applebaum son alentadores pero no sorprendentes, según Marwan N. Sabbagh, MD, FAAN, neurólogo de Barrow Neurological Institute. “El efecto es modesto”, dice, pero una mascota podría tener un efecto fisiológico en el cerebro si mejora el sueño o el estado de ánimo y provoca más actividad física. “Todo eso se relaciona con la salud cerebral”, señala.
Si nuestra investigación revela una relación causal entre tener una mascota y la salud cognitiva, la Dra. Braley espera que haya más programas o políticas que apoyen a los adultos mayores que deseen adquirir o mantener a sus mascotas. “Podrían incluir eliminar cuotas por tener mascotas en viviendas rentadas, expandir programas de cuidados de mascotas cuando sus dueños son hospitalizados, o reducir el costo de los servicios veterinarios para mascotas de personas mayores”, explica la Dra. Braley, quien tiene tres gatos.
Por ahora, Scheel, de 50 años, continúa disfrutando de sus mascotas. Su capacidad física ha disminuido, pero sus animales se ajustan. “Sargent sabe que no puedo arrastrarlo con un juguete y ya no tira de él, ahora juega a esconderlo.
“Los animales son muy importantes”, dice Scheel. “Me dan la compasión y compañía que tanto necesito”.