Una encefalitis viral “básicamente descompuso mi cerebro” en 2019, dice Theresa Aitkenhead, de 61 años y residente de Denver. Se le dificultaba hablar por teléfono porque no conectaba palabras si no podía ver a su interlocutor. Perdió el interés por salir y conocer personas. Su memoria a corto plazo estaba tan dañada que cuando viajaba a veces no recordaba en qué ciudad estaba.
Tocar la batería la ha ayudado. Recuerda bien que hace tres años fue el día que sintió que empezaba a curarse. “Fue como si mi cerebro despertara. Estuve en el limbo por dos años y de repente sentí la energía”, dice Aitkenhead, quien trabajaba como enfermera en una farmacéutica antes de que su lesión cerebral la obligara a jubilarse. “En una lesión cerebral, las vías neuronales tradicionales se pierden y tienes que crear otras nuevas”.
El creciente interés por la neuroestética, que estudia el efecto medible de las artes en el cuerpo, cerebro y conducta, ha generado más investigación y análisis que confirman estas hipótesis. Un metaanálisis publicado en Archives of Psychiatric Nursing en 2023 concluyó que la arteterapia disminuía la depresión en personas con trastornos cognitivos leves y graves. Un estudio publicado en Frontiers in Human Neuroscience en 2023 descubrió que personas con enfermedad de Parkinson tenían una mejora significativa de sus habilidades motoras, cognición, estado de ánimo y un nivel superior de funcionamiento tras 20 sesiones de arteterapia en grupo.
Además, existe un sinfín de evidencia anecdótica consistente con el poder de las artes. Aitkenhead agrega que ahora sale de casa para asistir a conciertos y estudiar a los percusionistas, y se mueve con más gracia. Tocar la batería, dice, la ayuda a ejercitar su cuerpo y su mente. “Bajo a las 11 am, planeo tocar 30 minutos, pero paro sólo hasta que tengo hambre y sed, a la 1:20 o 2 pm”, dice.
“Las artes son extraordinarias y evolutivamente estamos ligadas a ellas”, afirma Susan Magsamen, fundadora y directora de International Arts + Mind Lab en Pedersen Brain Science Institute en Baltimore. “Además, son accesibles y asequibles”. Sin embargo, los programas de arte enfocada a la salud en Estados Unidos no tienen financiamiento suficiente como sí lo tienen en Europa, Australia o Canadá, dice Magsamen, quien también es profesora de neurología en Johns Hopkins School of Medicine. “La mayoría (de las aseguradoras en EUA) no cubren la terapia artística y menos las artes por prescripción médica”.
Esto podría cambiar en algunos estados. En junio, el Mass Cultural Council lanzó CultureRx, un programa estatal de Massachusetts para que el personal de salud haga “recetas sociales” que incluyen asistir a espectáculos, visitar galerías, clases o talleres de arte. Es el primer año del programa tras un exitoso piloto de tres años.
En Nueva Jersey, Horizon Blue Cross Blue Shield se asoció con New Jersey Performing Arts Center (NJPAC) de Newark para crear ArtsRx, un programa de prescripción social. Clientes de Blue Cross y estudiantes de Rutgers University-Camden reciben recetas de arte de seis meses que pueden incluir asistir a un performance en NJPAC, unirse a un círculo de punto de Newark Public Library o bailar en Newark Symphony Hall.
La arteterapia incluye el estudio de cómo actividades artísticas específicas afectan a un padecimiento (por ejemplo, el beneficio de clases regulares de danza en personas con enfermedad de Parkinson) y los sentimientos positivos que despierta la expresión creativa. De manera más formal, los terapeutas del arte imparten arteterapia que combina terapia tradicional de conversación con creación de arte.
“No hace falta ser artista para dedicarse a la arteterapia. De hecho, la mayoría no lo son”, afirma Juliet King, PhD, profesora de arteterapia en George Washington University y de neurología en Indiana University School of Medicine. “El proceso creativo ayuda a exteriorizar el mundo interior, lo cual permite procesar y superar traumas en un entorno seguro y no amenazante”, explica la Dra. King. “Por ejemplo, los terapeutas del arte piden a los clientes que pinten un cuadro que represente cómo se ven a sí mismos y hablen sobre los colores y las formas de su obra. Este debate ayuda a que los clientes entiendan la forma en que sus cuadros reflejan sus sentimientos y les facilita expresar lo que sienten aunque les cueste hacerlo con palabras”.
Priya Rama sufre migraña desde la infancia y ha pasado días en cama hasta que el dolor y la confusión desaparecen. Hace una década, la residente de Ohio, casada y madre de dos, decidió pintar los colores que veía mezclarse en su cabeza cuando tenía dolor. “Sentía que el ruido molesto desaparecía al pintar”, dice Rama, de 56 años y residente de Cincinnati. “Soltaba la rabia y la frustración. Es extraño, porque esos colores siempre estuvieron ahí, pero nunca los tomé en serio”. Rama ha exhibido su obra en ferias de arte en donde suele encontrar a otras personas con experiencias similares. Ha dado conferencias en University of Cincinnati y ha dirigido clases de arte para personas con enfermedad de Parkinson y esclerosis múltiple.
Según la Dra. King, quien ha trabajado con veteranos del ejército que padecen trastorno de estrés postraumático (PTSD), la arteterapia permite evocar experiencias o recuerdos difíciles en forma no abrumadora. “Los pacientes alcanzan un estado de flow o inmersión total en la terapia con resultados positivos comprobados sobre la salud mental y física”, afirma.
Ese estado de flujo es similar a la sensación de calma y relajación que se experimenta después de hacer ejercicio intenso, afirma Tammy Shella, PhD, terapeuta de arte y directora del programa de arteterapia de Cleveland Clinic.
En un estudio publicado en The Arts in Psychotherapy en 2018, Shella revisó el historial de 195 pacientes hospitalizados a quienes se les pidió calificar su estado de ánimo y niveles de dolor y ansiedad antes de participar en una sesión de arteterapia en cama y les hicieron las mismas preguntas después. Casi todos reportaron menos ansiedad y mejores estados de ánimo, algunos incluso reportaron menos dolor, dice.
Un mural de 7.5 x 6 pies de un campo de tulipanes adorna una pared en Indiana University Health Neuroscience Center en Indianápolis. El programa de murales fue inaugurado en 2020 por Ashley Hildebrandt, terapeuta de arte, con la ayuda de Indiana University Health Neuroscience Center. Doce pacientes con Parkinson recibieron un paquete de lienzos y pinturas, y se les pidió pintar tulipanes. Hildebrandt los armó como un rompecabezas. Desde entonces, la flor es el símbolo del Parkinson. “El mural es impresionante. La gente se asombra de lo que fueron capaces de hacer”. Desde entonces, Hildebrandt trabaja en otros murales con grupos de pacientes: lavanda para epilepsia, girasoles para lesiones cerebrales traumáticas y nomeolvides para Alzheimer y demencia.
En Penn Center for Neuroaesthetics se lleva a cabo un proyecto de creación de máscaras en colaboración con Walter Reed National Military Medical Center. Los participantes, todos con síntomas de PTSD, reciben una máscara de papel maché en blanco y se les pide crear un autorretrato. Tras varias semanas de otras sesiones de arteterapia, los participantes reciben otra máscara en blanco y se les pide que creen un nuevo autorretrato. El primer lote de 10 máscaras -cinco creadas al principio del proyecto y cinco al final- se evaluó a través de colaboración masiva. A los evaluadores se les pidió que describieran las emociones que sentían al ver las obras. La mayoría prefirió las máscaras finales, las cuales evocaban sentimientos de calma y placer. “Para nosotros, esto validó la eficacia de la arteterapia”, afirma Anjan Chatterjee, MD, FAAN, director del centro y profesor de neurología, psicología y arquitectura en University of Pennsylvania Perelman School of Medicine. El estudio está aún en curso y se ampliará a otros centros médicos enfocados en veteranos. “Mostrar los datos de este tipo de intervenciones es muy importante”, afirma el Dr. Chatterjee, quien publicó un breve artículo en Scientific Reports en marzo de 2024 y escribió un artículo sobre el estudio en Psychology Today en mayo de 2024.
“Necesitamos datos empíricos para convencer a los escépticos de la arteterapia, pero necesitamos fondos para recopilar esos datos y generar evidencia adicional”, afirma Eric J. Nestler, MD, PhD, director de Friedman Brain Institute de Icahn School of Medicine en Mount Sinai. “Hay numerosas historias de cambios milagrosos en la función de las personas después de sumergirse en el arte”. Cita su propia experiencia con su padre, quien tenía demencia grave antes de morir en 2014 a los 101 años. El Dr. Nestler llevó a su padre a una charla sobre “Lo que el viento se llevó”. En un momento de la charla, su padre dijo en voz alta: “Francamente, querida, me importa un bledo”. Su padre no se comunicaba y no parecía prestar atención, dice el Dr. Nestler. “La gente con padres que tienen demencia te contarán historias sobre cómo sus padres que no se comunican, oyen canciones familiares y se ponen a cantar. Las pruebas están ahí”, afirma. “Sólo tenemos que profundizar”.