A pesar de que los gimnasios, estudios de yoga y los centros de acondicionamiento físico reabren paulatinamente en todo el país, es poco probable que las personas con enfermedades crónicas — consideradas como población de alto riesgo durante la pandemia de COVID— puedan acudir a ellos. Lo anterior significa que muchos continuarán haciendo ejercicio en casa y otros no lo harán del todo. Para inspirar a que las personas se mantengan activas, preguntamos a nuestros lectores de Brain & Life sobre sus rutinas de ejercicio y cómo se mantienen motivados.
Ilustración por Wesley Bedrosian
Antes de su ataque cerebrovascular en 2018, Gregory Koscielski llevaba una vida bastante sedentaria. "Era agente de compras y me sentaba frente a una computadora todo el día. También tenía sobrepeso, lo cual no era bueno para mi corazón", cuenta. Al ataque cerebrovascular le siguió una operación de bypass en el corazón y otras complicaciones de salud; estaba tan débil que tenía que usar un andador y apenas podía ponerse de pie; pero después de un mes en un centro de rehabilitación y de semanas de fisioterapia en casa, comenzó a sentirse más fuerte. Cuando le autorizaron realizar cualquier actividad física, Koscielski lo aprovechó. "Ahora me gusta hacer ejercicio", dice el hombre de 70 años de Munster, IN., y la pandemia no lo ha detenido. Durante el verano, cortó el pasto, nadó en su piscina, hizo jardinería y levantó pesas de 3 y 5 libras en su sótano. Ahora acude al centro de rehabilitación cardiaca tres veces por semana. "El primer día parecía un fideo, pero ahora el tono muscular ha vuelto", señala. "No creo que pose para una revista de fisicoculturismo uno de estos días, pero cada día me va mejor — y eso es motivador".
La presión arterial de Koscielski ha bajado a cifras normales, su vigor sube y cada vez añade más peso a los equipos que usa en el centro de rehabilitación. "Tengo una gráfica que muestra mi progreso. Mi fisioterapeuta y mi terapeuta ocupacional me adoran porque estoy mejorando mucho". Le emociona mantenerse activo durante el invierno y espera con ansias poder jugar golf en primavera. "Antes del ataque cerebrovascular, no me importaba hacer ejercicio", indica. "Nunca más".
Los neurólogos motivan a sus pacientes a que hagan ejercicio. "La actividad física destaca cada vez más como un factor importante para prevenir o retrasar la progresión de las enfermedades neurológicas", comenta Bruce I. Ovbiagele, MD, FAAN, decano asociado de San Francisco VA Healthcare System.
Tom O'Donnell, gerente de farmacia de 57 años en Durham, NC, comenzó a correr en 2009 después de recibir el diagnóstico de un tumor cerebral de bajo grado y de la advertencia de los médicos de que era posible que no volviera a caminar después de la cirugía. "Quería mantener en mi memoria un recuerdo reciente de cómo era correr en caso de no poder hacerlo otra vez", cuenta.
O'Donnell continuó corriendo después de la operación y durante toda la quimioterapia y radioterapia. Desde el diagnóstico, ha completado 29 maratones. Correr lo cambió todo para él, dice. "Me volví más consciente de mi dieta; dormía mejor y estaba menos estresado a lo largo del día", indica O'Donnell. "También fortalece mi mente". Aunque las carreras y maratones locales se han cancelado debido a la pandemia de COVID-19, O'Donnell continúa corriendo en promedio entre 7 y 8 millas al día.
Brian Wallach, abogado y residente de los suburbios de Chicago, ya era asiduo al ejercicio cuando fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ALS) en 2017. En la universidad fue corredor de pista y siempre se mantuvo en forma en el gimnasio por lo que quedarse todo el día en el sofá a ver televisión no era una opción, incluso con una enfermedad progresiva y debilitante. "Los días que entreno, noto que mis músculos se sienten más fuertes y caminar es más fácil", señala el hombre de 39 años. Además, Wallach comenta que se siente "más alerta, lúcido y, de cierta forma, más feliz".
Antes de la pandemia, Wallach trabajaba con un instructor de pilates y un entrenador personal varias veces a la semana para mejorar su fuerza y equilibrio — dos de las cosas que ALS disminuye. Después de que se implementaran las recomendaciones de distanciamiento social, Wallach adquirió una bicicleta estacionaria y una caminadora para continuar por su cuenta. Con el tiempo comenzó a tener sesiones virtuales con su entrenador y agregó estiramientos a su programa para trabajar diferentes grupos musculares al mismo tiempo. "En ALS, si tus músculos se deterioran y degradan, ya no regresan. Así que es muy importante seguirse moviendo sin excederse", indica Wallach.
En un día cualquiera, Wallach dedica entre 30 y 45 minutos a andar en bicicleta, caminar o hacer fisioterapia, entre el trabajo y atender a sus dos hijas pequeñas. Su familia es la motivación principal para hacer ejercicio, incluso en los días en que preferiría no hacerlo. "Quiero mantenerme en la mejor forma posible, porque quiero seguir aquí tanto como sea posible", explica. Aunque con frecuencia sus piernas se tensan y le hacen más complicado caminar sin bastón, aún son fuertes — y Wallach intenta mantenerlas así. "Quiero estar aquí cuando haya una cura o un tratamiento para esta enfermedad", dice.
Para Shannon Green, una consulta en Cleveland Clinic un año después de su diagnóstico de síndrome de Guillain-Barré en 2014 le dio una razón para hacer ejerció. "Si hubiese sabido que el dolor era peor por no moverme, hubiera comenzado un programa de bienestar mucho antes", dice la autora de Chronic Pain Hacker, un libro que autopublicó en 2020. Con la ayuda de un fisioterapeuta, la rutina de Green incluye movimientos diseñados para calmar su sistema nervioso central y mantener a raya el dolor. Uno de los movimientos implica balancearse sobre sus manos y rodillas para estirar el músculo piriforme justo por arriba de la región superior del muslo, lo cual ayuda a calmar su dolor de cadera. Yoga y caminar por lo menos 8 000 pasos al día también le ayudan a manejar sus síntomas.
Durante la cuarentena, Green, de 45 años y residente de Austin, TX, ha estado motivada a hacer ejercicio debido a que observa que los beneficios van más allá de la salud física. "A principios de marzo, noté que mi depresión era peor los días que no caminaba", cuenta. "Mientras más caminaba, mejor me sentía física y emocionalmente". Intenta hacer ejercicio por las mañanas para fijar el tono del resto del día. Encuentra mucho incentivo en las competencias amistosas con su esposo y su hijo de 13 años para ver quién logra más pasos.
El Dr. Ovbiagele destaca que el ejercicio ayuda a controlar los factores de riesgo para ataque cerebrovascular y otras condiciones médicas, como la hipertensión arterial, el colesterol elevado o la diabetes, y fortalece los vasos sanguíneos. "Siempre digo a mis pacientes que el mejor ataque cerebrovascular es el que nunca sucede, y que la actividad física frecuente ayuda a reducir la probabilidad de tener uno", explica.
Para las personas que han sufrido un ataque cerebrovascular, el ejercicio puede optimizar la función de los músculos y ayudar en la recuperación. Para otros padecimientos neurológicos, como la esclerosis múltiple, la enfermedad de Parkinson o la lesión cerebral traumática, puede mejorar la marcha, el equilibrio y la flexibilidad, además de disminuir el temblor. El ejercicio también estimula la liberación de endorfinas, las cuales mejoran el estado de ánimo y alivian la depresión, indica el Dr. Ovbiagele.
"No es posible prescribir ejercicio como se hace para los medicamentos, pero su participación social (virtual) y mental hacen que la persona se sienta mejor", dice Ergun Y. Uc, MD, profesor de Neurología de University of Iowa. "La evidencia continúa acumulándose en torno a que el ejercicio puede mejorar aspectos como la salud de los vasos sanguíneos, la circulación y la salud cardiaca, así como aumentar la concentración de químicos útiles para en el cerebro — todo lo cual es excelente".