En 2022, Briana Scurry publicó sus memorias en las que relata su carrera futbolística y cómo rompió barreras.
La conmoción cerebral que sufrió la futbolista Briana Scurry en un partido y que acabó con su carrera futbolística el 25 de abril de 2010, no causó asombro entre los espectadores ni urgencia en los paramédicos. Incluso ella, dos veces ganadora de la medalla de oro en juegos olímpicos y campeona del mundo, al principio desconocía la gravedad del daño.
Jugaba como portera para el Washington Freedom, equipo de la nueva Women’s Professional Soccer League; al buscar el balón, la rodilla de la jugadora oponente del Philadelphia Independence golpeó la sien de Scurry. Lo primero que pensó después de perder brevemente la consciencia, fue: “¿Logré la salvada?”
Lo había logrado, el balón estaba en sus manos. “Ni siquiera fue falta”, se asombra Scurry. “Recuerdo escuchar: ‘vamos, sigamos jugando’”. Así que pateó el balón, regresó a la portería y paró algunos disparos más hasta que llegó el medio tiempo unos minutos después.
De vuelta a la cancha, su cuerpo se iba de lado, le pulsaba la cabeza no sólo en el sitio del golpe, sino en ambos lados, y veía borroso. Su entrenador le preguntó si se sentía bien. “Tuve otras conmociones antes y supe que esta era distinta”, cuenta Scurry, ahora de 51 años.
Con ayuda del entrenador salió de la cancha y los médicos de la liga confirmaron la conmoción y estimaron una recuperación completa en unas semanas; como no sucedió, la alargaron a un mes y luego a dos, pero el dolor no desaparecía. “En las mañanas el dolor comenzaba detrás de mi oreja izquierda y dolía hasta la parte posterior de la cabeza”, dice, “por la tarde me sentaba en un sillón a pensar si alguna vez pararía”. Intentó seguir con su vida, pero el dolor era aplastante. Anunció su retiro cinco meses después.
Antes de la lesión, Scurry era una feroz competidora, una jugadora querida por su equipo y una inspiración para todos aquellos que nunca habían visto una atleta afroamericana gay lograr tanto en la cancha o que luchara por la equidad de género en el deporte. Después de la lesión, el dolor de cabeza persistió por tres años y le provocó ansiedad y malestar. No podía trabajar ni dormir, las tareas diarias eran difíciles y tenía problemas para caminar y mantener el equilibrio. La depresión fue tal que consideró terminar con su vida saltando desde la cornisa de su apartamento en New Jersey. Con la brisa en su cara y dispuesta a hacerlo, se arrepintió por el dolor que provocaría a su ya de por sí afligida madre.
Según Scurry, su cerebro “estaba descompuesto”, pero los médicos no hacían caso a sus preocupaciones. Organizaciones deportivas que antes la homenajearon, se mantenían al margen. Su aseguradora cuestionaba las solicitudes de compensación laboral y de cobertura de tratamiento. En un punto, Scurry se vio forzada a vender sus medallas olímpicas para apaciguar a sus acreedores. “Cada mañana durante tres años despertaba ansiando estar mejor, pero eso nunca sucedía”, recuerda Scurry.
No obstante, se esforzaba, luchaba por ver a su médico preferido y luego por acceder a un procedimiento médico novedoso en ese entonces conocido como cirugía de liberación de nervio occipital bilateral. “[Las aseguradoras] creen que las personas se darán por vencidas, y yo no soy de ese tipo”, cuenta. “Sabía bien que el golpe era la razón de que me sintiera y estuviera tan mal”. Finalmente, en octubre de 2013, durante un procedimiento ambulatorio que duró una hora, los cirujanos realizaron una incisión por arriba de la línea del cabello y retiraron el tejido dañado que comprimía al nervio occipital. El dolor de cabeza que duró tres años cesó de inmediato.
“Ahora estoy suficientemente lejos de aquellos tiempos difíciles y puedo ser más objetiva y decir que no cambiaría absolutamente nada”, dice Scurry, quien relata su historia en sus memorias que publicó en 2022: My Greatest Save: The Brave, Barrier-Breaking Journey of a World Champion Goalkeeper, y cuya vida y logros son la base para el documental de Paramount+, The Only. “Pasé tres años en la oscuridad, pero sin ellos no tendría una esposa que me ama, ni la vida que tengo ahora. No puedo creer mi suerte”.
Recuperación de la conmoción
Antes del golpe que terminara con su carrera, Scurry tuvo otras dos conmociones documentadas, ambas en entrenamientos y para las cuales reposó al menos dos días antes de volver a las canchas. Cree que tuvo más conmociones y se pregunta cómo afectaron a su cerebro. “Me lanzo por el balón desde que tenía 12 años y estoy segura de que golpeé mi cabeza muchas veces, que la sacudí o que giré en el aire y no caí bien”, explica.
En las conmociones no existe un número exacto, ni un criterio de “tres strikes y estás fuera (del juego para siempre)”. Es más importante el patrón de las lesiones: la duración de los síntomas, la recuperación y si nuevas conmociones suceden con mayor facilidad. El patrón puede ser la clave de cuán vulnerable será el cerebro a otro golpe.
“Si se sufren varias conmociones, pero se recuperan por completo y en un periodo razonable, y si las ventajas de practicar el deporte son mayores, los beneficios de seguir haciéndolo podrían superar a los riesgos”, indica Sean C. Rose, MD, neurólogo pediatra deportivo y codirector de Complex Concussion Clinic en Nationwide Children’s Hospital Concussion Center en Columbus, OH. “Pero, si después de una o dos conmociones, los síntomas se prolongan durante meses y afectan la vida diaria, se debe pensar dos veces”.
En promedio, los síntomas han de desaparecer entre 10 y 14 días después de la conmoción y la mayoría se recupera por completo en un mes, señala Jack W. Tsao, MD, PhD, FAAN, profesor de Neurología en NYU Langone Grossman School of Medicine. Alrededor de 5% de los casos de conmoción relacionada con deportes muestra síntomas incluso un año después de la lesión inicial. Los médicos pueden tratar síntomas como el dolor de cabeza o los problemas para dormir con medicamentos; sin embargo, es crucial asegurar que haya tiempo suficiente para sanar, afirma el Dr. Tsao. “La recuperación completa también es posible en lesiones cerebrales subsecuentes, pero los síntomas pueden ser más intensos y duraderos”, añade. “Incluso después de la recuperación, habrá mayor susceptibilidad a la lesión”.
Hasta hace poco los médicos sugerían a las personas con conmoción recluirse en sitios oscuros y en silencio, y que evitaran la estimulación. Ahora se considera que esto podría ser dañino, señala Nicole D. Reams, MD, FAAN, directora del programa de conmoción cerebral en NorthShore University Health System en Chicago. En su lugar, la persona debe evitar o minimizar ciertas actividades.
“En la mayoría de las conmociones cerebrales habrá dolor de cabeza y sensibilidad a la luz y al ruido, pero sanarán por sí solas con tiempo y reposo relativo, el cual consiste en pasar menos tiempo frente a pantallas, realizar menos tareas cognitivas, reducir el esfuerzo físico y descansar si los síntomas empeoran”, explica la Dra. Reams. “Se espera que el paciente mejore por lo que les aconsejo que vigilen datos de alarma como vómito repetido, desequilibrio al caminar, o cambios en un lado del cuerpo, como entumecimiento o debilidad. Esto podría sugerir sangrado en el cerebro y amerita una visita a la sala de urgencias”.
Para prevenir conmociones, el atleta puede utilizar equipo protector, como las bandas cefálicas, pero podrían tener resultados inesperados, dice el Dr. Rose. “Los jugadores que utilizan más equipo protector que sus oponentes pueden volverse más agresivos y, en consecuencia, lesionarse y causar más lesiones. Suelo explicarles las consecuencias y dejar que ellos decidan”, comenta.
Lucha por la cobertura
Un año después de la conmoción, Women’s Professional Soccer cedió y Scurry presentó su caso a la comisión de compensación laboral del estado de Maryland, sede de la liga. Scurry relata: “ahí empezaron los problemas. Cuando se trata de compensar al trabajador, ellos rechazan, rechazan y vuelven a rechazar. Aprendí que ese es su modus operandi”.
Con tantas deudas, Scurry empeñó sus dos medallas de oro por $18 000. Al recordarlo, se pregunta si su raza y sexo tuvieron algo que ver en cómo la trataron. “Hay médicos que ignoran a las mujeres negras”, señala. “No me creían y lo sé porque me lo dijeron”.
Contrató a un abogado que la ayudó a conseguir una segunda opinión y beneficios por discapacidad total temporal. “Cada que necesitaba algo, iba a la corte y ellos lo sabían”, recuerda. “Tardé tres años en obtener atención adecuada porque la aseguradora no me daba acceso”.
En enero de 2013, Scurry por fin obtuvo autorización para hacer la cita con el neurólogo de Baltimore que había solicitado hacía más de un año. El golpe de 2010 que originó todo fue en la sien derecha, pero cuando el neurólogo tocó detrás de su oreja izquierda “fue tan doloroso que comencé a llorar”, recuerda. Pese a ello, Scurry se sintió aliviada porque por primera vez en tres años un médico tenía una hipótesis de lo que sucedía, consideraba que la lesión inicial impactó más al cuello y lesionó al nervio occipital en su trayecto desde la columna vertebral a través del cuello y hasta la región posterior de la cabeza.
Este tipo de daño es común, señala Michael Jaffee, MD, FAAN, jefe del departamento de Neurología de University of Florida en Gainesville. A menudo, el dolor de cabeza se origina por compresión de los nervios occipitales mayor o menor en su salida de la cabeza. La compresión se produce por espasmo de los músculos cervicales por el impacto.
En la mayoría de los casos, el dolor de cabeza se trata con fisioterapia y cremas musculares tópicas, relajantes musculares y analgésicos, o con inyecciones de anestésicos locales en los puntos gatillo aplicadas en consultorio. Procedimientos más invasivos, según el Dr. Jaffee, incluyen radiofrecuencia para destruir el nervio occipital o cirugía (como en el caso de Scurry) para retirar lo que comprime el nervio, que puede ser tejido cicatricial, fascia o vasos sanguíneos.
“Una conmoción es como un rompecabezas que cae al suelo, algunas piezas quedarán bajo el sofá”, razona Scurry. “Mi cirujano encontró las piezas bajo el sofá y las puso de vuelta en su lugar”.
En su lucha para que el seguro cubriera el costo de su operación, Scurry contrató a una profesional de relaciones públicas, Chryssa Zizos, quien intercedió para que la atleta recibiera sus beneficios. Zizos también la ayudó a recuperar sus medallas y el 1 de junio de 2018, las dos se casaron en St. Lucia.
En 2017, Scurry se convirtió en la primera jugadora afroamericana en ingresar a National Soccer Hall of Fame. Hoy es una conferencista motivacional y su camiseta de U.S. National Team está en Smithsonian’s National Museum of African American History and Culture. También busca crear conciencia sobre la conmoción cerebral y ha testificado ante el Congreso en varias ocasiones.
En sus conferencias, Scurry habla sobre cómo superar la adversidad siendo una mujer negra y gay, y sobreviviente de lesión cerebral traumática. A menudo habla uno a uno con los asistentes y posa para fotos. En casi todos sus eventos algún asistente llora en sus brazos, agradecido por su historia de supervivencia e inspiración. “La persona se detiene un segundo, nos miramos y le digo: ‘lo sé, aquí estoy para ti’”. Nos abrazamos y rompen en llanto por todo el dolor que llevan dentro”.
Scurry pide a su audiencia la contacte a través de su sitio web (briscurry.com) y les ofrece consejos y ayuda. “Quizás sufrieron una conmoción cerebral y lidian con la depresión, o bien, tienen un hijo gay y tienen problemas”, comenta. “Esas personas sufren mucho y algo en mi discurso les conmueve y me buscan”.
Más información
Escuchar el podcast de Brain & Life con la entrevista a Briana Scurry y al Dr. Michael Jaffee: