Indicios tempranos
Investigadores hacen descubrimientos importantes sobre la enfermedad de Alzheimer en personas que la tienen antes de los 65 años.
Investigadores hacen descubrimientos importantes sobre la enfermedad de Alzheimer en personas que la tienen antes de los 65 años.
Durante sus estudios en Baylor University en Waco, TX, Mike McGuff se aseguraba de llamar a su madre, Elizabeth, al menos una vez por semana. Para su último año de estudios, esas conversaciones se sentían diferentes. Conocida por su ingenio, vitalidad y confianza, Elizabeth se mostraba cada vez más pasiva e insegura de sí misma. Además, en un lapso de seis meses perdió también su antiguo trabajo como maestra de cuarto grado porque no podía mantener el ritmo.
“No entendía qué pasaba”, comenta McGuff. “Mi madre creía estar deprimida y comenzó a ver a un psicoterapéuta”. El enigma del veloz deterioro mental de su madre se resolvió en septiembre de 1999, casi un año después de que McGuff notara cambios en su conducta. Con tan solo 53 años, Elizabeth fue diagnosticada con enfermedad de Alzheimer de inicio temprano. “Yo estaba conmocionado, ella era muy joven. Nunca hubiera imaginado que se pudiera tener Alzheimer a los 53 años; de hecho, no creía que fuera posible”. Cinco años después, Elizabeth falleció por complicaciones de la enfermedad.
La enfermedad de Alzheimer no es exclusiva de la vejez. Según la Alzheimer’s Association, alrededor de 200 000 de los 5.7 millones de pacientes padecen la forma de inicio temprano, es decir, son diagnosticados antes de los 65 años. Cuando la enfermedad ataca, las personas están en sus 40 o 50, con hijos y carreras en ascenso. Al igual que la enfermedad de Alzheimer asociada con la edad, la de inicio temprano afecta memoria, pensamiento, conducta y, en etapas posteriores, actividades y funciones de la vida diaria.
La enfermedad de Alzheimer de inicio temprano tiene un fuerte componente genético. Hasta ahora, los investigadores la asocian con mutaciones en los genes APP, PSEN1 o PSEN2, las cuales explican cerca de 10% de todos los casos. Cuando se altera alguno de estos genes, el cerebro produce y acumula péptido beta amiloide, un fragmento proteico tóxico que se acumula y forma placas amiloides, un marcador clave de la enfermedad, explica Richard Sherva, PhD, profesor asistente investigador de Boston University School of Medicine. Estas acumulaciones se fijan a receptores en neuronas y se inicia un proceso que distorsiona sus sinapsis con otras neuronas, indica el Dr. Sherva.
Durante casi 20 años, John M. Ringman, MD, MS, FAAN, profesor de Neurología en Keck School of Medicine en University of Southern California, ha estudiado familias portadoras de la mutación del gen A431E (Jalisco) y que desarrollan enfermedad de Alzheimer entre los 40 y 50 años. Por su investigación, que incluye un artículo en el número de abril de 2013 de Continuum: Lifelong Learning in Neurology, concluye que es probable que esta línea inició con un solo ancestro que vivió en Jalisco hace cientos de años.
Estudiar familias con por lo menos tres individuos de dos o más generaciones que desarrollaron síntomas entre los 30 y 60 años, ha significado un gran paso para entender las raíces genéticas, y la causa y el efecto de la enfermedad como un todo. “Estos genes son dominantes, es decir, se requiere sólo una copia mutada del gen”, explica el Dr. Sherva. “Si se tiene la mutación, es casi seguro que se tendrá la enfermedad”.
La antes pastora y enfermera Renee Perkins, de 61 años, conoce bien este componente genético. Hace siete años se le diagnosticó cuando ella identificó lo que parecía ser una predisposición genética familiar. Durante el bachillerato, recuerda la conducta extraña de su abuela al salir de campamento, “hacía cosas extrañas como ofrecerme café varias veces cuando yo no quería y nunca lo había probado”, recuerda. “Luego, servía café en platos en lugar de tazas”. Más de 20 años después del diagnóstico de su abuela, su madre fue diagnosticada. En ese periodo, Perkins descubrió que su bisabuela había fallecido antes de cumplir 60 años y que su muerte se atribuyó a tuberculosis (TB) diseminada al cerebro. Estaba segura de que su bisabuela había fallecido por Alzheimer y no por TB.
Por sus antecedentes familiares, Perkins sabía que era vulnerable. En 2011 y con 54 años, su preocupación aumentó cuando comenzó a notar problemas en su memoria. “Había terminado el seminario y empezaba en mi primera iglesia cuando noté que olvidaba cosas, no asistía a reuniones y me costaba trabajo cumplir mi agenda”, recuerda. “Mi padrastro insistía en pruebas genéticas por los antecedentes de mi madre y abuela. Programé una cita en el Indiana Alzheimer’s Disease Center, me hicieron una tomografía y una valoración cognitiva y un año después me dijeron, en pocas palabras, que pusiera mis cosas en orden e hiciera planes para recibir cuidados a largo plazo”.
Como enfermera, Perkins sabe que pudo haber transmitido la mutación a sus tres hijos y que aumenta su probabilidad de ser la siguiente generación diagnosticada. “Mi hijo menor se hizo la prueba y no es portador. ¡Gracias a Dios!”, comenta. “Va uno y quedan dos. ¡Que conmigo se detenga!” Si los otros dos hijos no heredaron el gen, la enfermedad no pasará a las siguientes generaciones.
Rod Blough, ejecutivo de recursos humanos de 59 años y originario de Dublin, OH, colapsó en el piso de una fábrica mientras trabajaba en el 2012; sufrió una conmoción cerebral y fue enviado al neurólogo. Cinco años después, volvió a colapsar por lo que acudió a otro neurólogo que solicitó una resonancia magnética y un electroencefalograma.
“Después de los accidentes, mi memoria, una de mis fortalezas, no era la misma”, comenta Blough. “También me costaba procesar información”.
Blough asoció estos problemas a las conmociones y desarrolló estrategias de compensación. “Soy bueno planeando, organizando y tomando notas y me apoyé en esas habilidades para compensar lo que perdía. Fui capaz de desempeñarme a un nivel elevado y obtuve un ascenso seis meses antes de abandonar el trabajo”.
La carrera de Blough terminó con un accidente en bicicleta dos años después del primer colapso. “No sé si me salí del camino o me sacaron, pero golpeé un poste y tuve la tercera lesión cerebral traumática en dos años”. Los resultados de un escaneo nuclear y una punción lumbar eran compatibles con etapas iniciales de la enfermedad de Alzheimer. Con estos resultados, más una serie de pruebas para evaluar afectación de habilidades cognitivas, cambios en personalidad o comportamiento y el grado de afectación de memoria y pensamiento, Blough fue diagnosticado con enfermedad de Alzheimer de inicio temprano en diciembre de 2017. Se sorprendió porque no tenía antecedentes familiares de la enfermedad.
Los médicos desconocen si las conmociones agravaron la demencia o si la demencia temprana influyó en los accidentes. Una prueba genética reveló que no porta el gen por lo que es difícil saber por qué desarrolló la enfermedad.
Nuevas pruebas ayudan a diagnosticarla antes
Un diagnóstico preciso de enfermedad de Alzheimer puede ser una experiencia larga y frustrante, comenta Heather Snyder, PhD, directora en jefe de operaciones médicas y científicas de la Alzheimer’s Association. Se debe, en parte, a que los médicos atribuyen los síntomas iniciales en personas jóvenes a estrés, depresión, enfermedad mental o, como con Blough, a lesiones previas.
Los avances en diagnóstico por imagen y una mejor comprensión de la enfermedad han facilitado que los médicos emitan diagnósticos definitivos, indica Randall Bateman, MD, profesor de neurología con la distinción Charles F. and Joanne Knight en Washington University School of Medicine en St. Louis. “Hace veinte años, enseñábamos que no se podía diagnosticar con certeza enfermedad de Alzheimer hasta que el paciente moría y se analizaba su cerebro”, comenta. “Hoy en día, disponemos de escaneos nucleares, pruebas en líquido cefalorraquídeo y, ahora, también de pruebas en sangre que pueden detectar Alzheimer en personas vivas”.
Mientras más rápido se diagnostique, será mejor, comenta Steven T. DeKosky, MD, FAAN, director asociado de McKnight Brain Institute de University of Florida en Gainesville. Esto permite a pacientes y familias evaluar tratamientos y prepararse para el futuro. También permite que los pacientes, con su cognición intacta, decidan sobre protocolos para el final de la vida y consideren participar en estudios clínicos, explica el Dr. DeKosky.
Los investigadores consideran que se descubrirán más genes que inciden en el riesgo de enfermedad de Alzheimer y que su identificación será vital para encontrar nuevas formas de tratamiento o, incluso, prevención. Así, mucha de la investigación se enfoca en comprender qué sucede en el cerebro, señala el Dr. DeKosky.
Parte de la investigación se centra en el péptido beta amiloide. La meta es desarrollar un fármaco que impida su acumulación ya que ésta comienza hasta 20 años antes de los síntomas, indica el Dr. Bateman. Además de comprender mejor la acumulación del amiloide, se sabe ahora que los ovillos neurofibrilares encontrados en las células cerebrales consisten principalmente de proteína tau. En un cerebro sano, tau apoya la función normal de las células cerebrales. En cerebros de personas con Alzheimer, la proteína tau se acumula en forma anormal y colapsa estructuras de microtúbulos (tubos de proteína huecos que ayudan a la actividad celular) explica el Dr. Bateman. Esto ocurre de forma simultánea con los síntomas. El objetivo es encontrar una forma de evitar la acumulación anormal de tau o de eliminarla del cerebro.
“La enfermedad se define por la presencia de amiloide y proteína tau en el cerebro junto con la pérdida de sinapsis y función cognitiva”, señala el Dr. DeKosky. “Si así la definimos, es lógico que estos elementos sean nuestros objetivos principales de investigación”.
A pesar de que las noticias se llenan de historias sobre contratiempos y falta de avances para llegar a una cura o tratamiento efectivo, los investigadores, como los Dres. Bateman y Sherva, son optimistas. Por ejemplo, explican que la reciente capacidad para mapear en vivo el avance de la enfermedad en el cerebro es extremadamente valiosa en investigación y estudios clínicos. Al seguir la patología de los ovillos neurofibrilares que se correlacionan con síntomas, los investigadores vigilarán cambios cerebrales y diseñarán estudios clínicos enfocados a prevenir la pérdida de memoria.
El Dr. Bateman es el investigador principal del estudio Dominantly Inherited Alzheimer Network (DIAN) el cual cuenta con 531 participantes y fue fundado en 2008 con fondos del National Institutes of Health. En este estudio, investigadores de todo el mundo evalúan a portadores asintomáticos de genes que están destinados a desarrollar enfermedad de Alzheimer para determinar la secuencia de cambios en el cerebro. Esto permitirá definir la historia natural de la enfermedad e identificar biomarcadores confiables, como las proteínas amiloide y tau detectables en líquido cefalorraquídeo, e indicadores como las placas, visibles en escaneo nuclear. Al incluir sus hallazgos en una base centralizada de datos de investigación y de depósito de tejidos, esperan que esta colaboración dé como resultado opciones terapéuticas para detectar y tratar la enfermedad de Alzheimer en sus etapas más tempranas, o prevenirla por completo.
“Hemos aprendido mucho de las familias que tienen las mutaciones genéticas”, comenta el Dr. Bateman. “Ahora sabemos que los pacientes desarrollan placas amiloides 15 a 20 años antes de los síntomas, y cerca de 5 a 10 años antes de que el cerebro se encoja y se le dificulte utilizar energía”. Datos longitudinales revelan también que un deterioro sutil en la cognición puede presentarse hasta 15 años antes del inicio esperado de la enfermedad, lo que permite una intervención terapéutica más temprana.
En 2012, el Dr. Bateman comenzó el estudio DIAN trial unit (DIAN TU), el primero sobre prevención para familias en riesgo de Alzheimer de herencia dominante. Pasando de la observación a la intervención, el estudio se enfoca en inmunoterapias, como solanezumab y gantenerumab, que cambiarían la evolución de la enfermedad. El Dr. Bateman y sus colegas esperan informar sus primeros hallazgos a finales de 2019.
El Longitudinal Early-onset Alzheimer’s Disease Study (LEADS) es un estudio observacional a dos años que evaluará la progresión de la enfermedad en personas que, como Blough, padecen enfermedad de Alzheimer de inicio temprano sin mutaciones genéticas de herencia dominante. El reclutamiento comenzó en julio de 2018 y esperan contar con 500 pacientes y establecer una red nacional de centros para recolectar datos clínicos y de biomarcadores
que ayuden a identificar factores de riesgo adicionales para Alzheimer, incluidos genes de susceptibilidad. Para más información, visite bit.ly/NIA-LEADS.
Los investigadores también consideran medidas más amplias para combatir la enfermedad, explica la Dra. Snyder. “En los últimos cinco años, hemos observado un aumento en el número de enfoques en estudios clínicos, como la evaluación de terapias combinadas”, destaca. “Por ejemplo, trabajamos con University of California, Davis, para evaluar un enfoque de intervención multifactorial sobre el estilo de vida que incluye actividad física, nutrición, dieta y control de factores de riesgo cardiovascular para determinar el impacto sobre la cognición después de dos años”.
Mientras médicos y científicos se esfuerzan en comprender más y mejor el Alzheimer de inicio temprano y su tratamiento, las personas diagnosticadas han de aprender a manejar el impacto en sus vidas.
Blough, siempre optimista, es asesor voluntario en la Alzheimer’s Association y registra el lado positivo de la enfermedad en su blog Sunny Side of Alzheimer’s. Dedica mucha de su energía en cumplir sus sueños, como lo hiciera en su trabajo. “Compré un bote y un carro deportivo convertible de dos plazas”, comenta. “Ahora paso gran parte de mi tiempo pescando con mi padre en el lago Erie”.
Perkins también insiste en el lado positivo. “Aunque sé cuál será mi destino, soy afortunada por haber llegado tan lejos y poder ver crecer a mis ocho nietos”, comenta. Se preocupa por explicarles lo que le sucederá en los próximos años. “Quiero transmitirles que no es el fin del mundo y que los pacientes con Alzheimer también son personas y necesitan amor y respeto”. Perkins, participante del estudio DIAN en Indiana University, alienta a que sus hijos se unan. Hasta ahora no lo han hecho.
McGuff es embajador de Alzheimer’s Association por el 7th Congressional District de Texas; junto con su representante en el congreso, aboga por más fondos para investigación y atención de pacientes. Desconoce si tendrá Alzheimer de inicio temprano y no planea someterse a evaluación genética. Sin embargo, muchas de sus decisiones se basan en que, asume, seguirá el camino de su madre. Trabaja desde casa lo cual le permite pasar más tiempo con sus dos hijos. “Tengo 41 años, mi mamá tenía 53 cuando fue diagnosticada”, comenta McGuff. “Si padezco la enfermedad, mis hijos no me conocerán bien. De este modo sí me recordarán”.
Para leer la versión en inglés de este artículo, visite: BrainLifeMag.org/YoungOnset