Durante meses, Apolonia “Apple” Feliciano pensó que su madre, tía y abuela habían superado lo peor de la pandemia de COVID-19. La familia, formada por mujeres dominicanas fuertes en Miami, era en extremo cuidadosa, en especial porque la abuela de Apple, Irma Carrasco, tenía 91 años y presión arterial alta. Apple nació con hidrocefalia; a sus 26 años ya tenía varias cirugías en el cerebro y dolores de cabeza frecuentes. Las mujeres se aislaron tanto como pudieron en su edificio de departamentos, salían con mascarillas y seguían todas las precauciones sanitarias. Sin embargo, la segunda semana de junio, Irma y la tía de Apple, Mildred Carrasco de 56 años, comenzaron a sentirse enfermas.
“Al principio, no creímos que fuera COVID”, comenta Apple, representante de acceso a pacientes en University of Miami Health System. “Pensamos que era la presión arterial de mi abuela, pero mi madre notó que no respiraba bien. En el hospital aislaron a mi abuela y nos hicieron pruebas para COVID a todas”.
Las tres mujeres mayores dieron positivo; sólo Apple fue negativa. “Cada día que mi abuela estuvo en el hospital, escuchamos a los médicos decir que sus pulmones empeoraban”, dice Apple. “Después de 12 días, se deprimió y no mejoraba por lo que su médico nos recomendó llevarla a casa”.
La semana siguiente, Apple cuidó a su abuela junto con su tía y su madre, quienes tenían síntomas más leves, como diarrea y pérdida del gusto y olfato, y cuyos apartamentos están separados por un pasillo. Ella tomó las precauciones que pudo, pero no quería separarse de su familia. “Cuando la cuidaba, usaba mascarilla, pero me acercaba, masajeaba sus pies y espalda; en realidad, no me importaba”, indica. “No sabía si serían mis últimos días con ella. Incluso con mi mamá, dormimos juntas algunas noches”.
Ocho días después, Apple tuvo que llamar a una ambulancia porque Irma no podía para respirar. “Horas después recibimos una llamada, la intubaron a pesar de que había una orden de no intubar”, señala Apple. “Nos dijeron que no tenía probabilidad de recuperarse y nos dieron la opción de desconectarla de las máquinas. Eso fue de lo más difícil. Tienes que confirmar verbalmente al médico para que lo haga; me preguntó si estaba segura y pensé: ‘¿En verdad estoy segura?’”
Fue la primera vez que Apple perdía alguien tan cercano. El vínculo con su abuela era especial, pasó con ella incontables horas jugando. “Yo era mala perdedora y siempre discutíamos de forma amistosa”, recuerda Apple con cariño. “Ella estaba decidida a hacer lo que tenía planeado”.
Pero la determinación de Irma no fue suficiente para superar la persistencia de COVID. Murió el 8 de julio, la misma noche que la tía de Apple, Mildred, ingresó al hospital con dificultad respiratoria, aunque ella se recuperó y pudo regresar a casa.
Desde entonces, Apple, su tía y su madre, Lourdes Feliciano de 63 años, combaten la depresión y luchan para reconstruir sus vidas. “A finales de julio pensé que no podía más”. Escuchaba llorar a mi madre en la sala y la veía muy deprimida, yo también lo estaba. En agosto finalmente renuncié a mi trabajo”, comenta.
La recuperación es un proceso. “Unos días siento que puedo superar todo; otros no paro de llorar”, dice Apple. “Mi abuela sabía todo de mí. Lo único que me trae paz es que ya no está sufriendo”.
Desde que comenzó la crisis por COVID, familias como la de Apple han experimentado situaciones similares. De New York a Florida, Texas, Arizona, California, y otros estados, la comunidad Latina ha tenido tasas de infección, complicaciones y muerte más altas. También ha tenido mayores pérdidas laborales y dificultades económicas por la pandemia.
Un gran cantidad de casos
Pocas semanas después del primer caso de coronavirus en New York City, el Montefiore Medical Center en el Bronx se inundó de pacientes con COVID-19; una cantidad desproporcionada de ellos era Latina. En Montefiore, los médicos de especialidades no relacionadas con COVID reemplazaron a sus agobiados colegas. “El departamento de Neurología dispuso un equipo de rotación para ayudar en Medicina Interna, y otro para atender pacientes con COVID y complicaciones neurológicas”, señala Daniel J. Correa, MD, jefe adjunto de Neurología en Montefiore y profesor asistente de Neurología en Albert Einstein College of Medicine. “Los equipos de ataque cerebrovascular atendían pacientes con COVID y complicaciones neurológicas. Otros neurólogos, como yo, atendimos pacientes con enfermedad respiratoria relacionada con COVID”.
El Dr. Correa y otros neurólogos trabajaron día y noche manejando ventiladores y sistemas de administración de oxígeno. “Es algo que no hacemos habitualmente, por lo que nuestros colegas en terapia intensiva nos dieron formación en línea sobre cómo usar las máquinas”, indica. “En el hospital tenía dos turnos nocturnos semanales con el equipo que atendía a los pacientes”.
El trabajo era agotador y desconcertante. Envueltos en equipo de protección personal y con la incertidumbre de no saber qué tan seguro era que varias personas entraran en las habitaciones de los pacientes, era común que los médicos se sintieran aislados de sus pacientes y colegas. “No podíamos vernos a los ojos y sonreír”, comenta el Dr. Correa. “Llegó un punto en que la situación era tan mala que si un paciente estaba estable, llamábamos a su habitación y hablábamos con él o ella por teléfono, pero no entrábamos a menos que fuera muy necesario para no poner en riesgo al paciente o a nuestros equipos”.
Muchas noches en los altavoces del hospital escuchamos pedir equipos de respuesta rápida cada 10 o 15 minutos para pacientes con dificultad respiratoria grave o insuficiencia cardiaca, cuenta el Dr. Correa. “Casi en todos mis turnos, hubo al menos un caso de paro respiratorio o cuadros similares”, indica. “Después, comenzamos a ver problemas en los nervios y el cerebro: personas sin factores de riesgo tenían ataques cerebrales o los tenían con características poco habituales”.
El 4 de abril, el hospital dispuso un área independiente para pacientes con problemas cerebrales y del sistema nervioso relacionados con COVID; los neurólogos de la unidad respiratoria comenzaron a atender en esa área“. Traté a dos pacientes en quienes la inflamación, o algo relacionado con la coagulación, había afectado sus nervios y músculos, incluidos los que controlan el diafragma”, señala el Dr. Correa. “Les dimos todo el tratamiento posible, pero desafortunadamente ninguno se recuperó”.
La necesidad de aislar a los pacientes de sus familias fue desgarradora. El Dr. Correa, puertorriqueño, comenta que un paciente le recordó a su propio abuelo. “Fue muy difícil ver a ese hombre luchar por respirar. Iba a su puerta y lo veía por la ventana mientras él respiraba con dificultad y veía la esperanza en su rostro de que entraría a ayudarlo — pero siempre me quedaba en la puerta con la mascarilla, guantes y la protección facial. Fue muy frustrante y doloroso; y son demasiadas las personas y familias que han tenido que experimentar esto”.
Propagación a todo el país
Mientras la ola de casos desaceleraba en la costa este, surgían indicios de brotes en otros sitios, como Texas y Arizona. Un brote importante atacó Rio Grande Valley, Texas, donde casi 85 por ciento de la población es Latina. Con más de 1 600 hospitalizaciones, el 22 de julio se saturaron los hospitales. “Tenemos 12 hospitales para todo Rio Grande Valley y 11 estaban al máximo”, señala Roberto A. Cruz Saldaña, MD, neurólogo y neuroinmunólogo en DHR Health en McAllen, TX. “No teníamos capacidad para atender un brote como este”.
A principios de agosto, el McAllen Convention Center se reconvirtió en hospital COVID para atender 250 pacientes, pero las tasas de casos habían comenzado a disminuir en el área; un mes después, este centro se redujo a 24 camas. Después del brote, el Dr. Saldaña, originario de México, asumió que había salido indemne, pero el 19 de septiembre despertó con un dolor de cabeza palpitante. Después de una prueba rápida positiva para COVID-19, se aisló en una habitación en su casa.
“Esa primera semana fue la más dura”, comenta. “Mis síntomas principales eran dificultad respiratoria y fiebre que no bajaba con los medicamentos. La fiebre y el dolor de cabeza eran horribles. Lo más difícil era no saber si tendría síntomas graves, y eso me causaba mucha ansiedad. Por fortuna, los síntomas no empeoraron, pero estábamos muy preocupados. Mis hijos querían verme y lloraron varias veces porque no podían”.
El Dr. Saldaña, de sólo 36 años y quien se ejercita con regularidad y nunca ha fumado, comenzó a sentirse mejor 10 días después pero aún tiene síntomas persistentes. “Es principios de octubre y no puedo aún hacer ejercicio”, indica. “Me cuesta mucho, incluso trotar un poco me hace perder el aliento”.
Conforme investigadores y funcionarios de salud pública acumularon datos sobre la pandemia, se hizo evidente que los Latinos estaban sobrerrepresentados en casos y muertes por COVID-19 en la mayoría de los estados. En septiembre de 2020, The Journals of Gerontology publicó investigación sobre el gran impacto en adultos Latinos de edad avanzada. Entre los individuos de 55 a 64 años, la tasa de mortalidad por COVID es 6.1 veces mayor para Latino que para caucásicos no hispanos. Es 4.5 mayor en el grupo de edad de 65 a 74 años; 2.9 mayor en 75 a 84 años; y 1.6 veces mayor para mayores de 85 años.
El autor del estudio, Rogelio Sáenz, PhD, profesor de demografía en University of Texas en San Antonio, atribuye la susceptibilidad a infecciones y defunción de los hispanos a factores de salud subyacentes y a condiciones socioeconómicas. “Muchos de los Latinos tienen trabajos en áreas consideradas esenciales — supermercados/tiendas de abarrotes, transporte público, servicios de salud, agricultura y empacado de carnes — y que conllevan exposición constante”, señala el Dr. Sáenz, originario de México.
“Un porcentaje mayor de personas en la comunidad Latina tiene trabajos que no pueden realizar vía remota, como la industria de servicios o de cuidado infantil”, indica la neurointensivista Kristine O’Phelan, MD, de University of Miami Medical Center, donde trabajó alguna vez Apple Feliciano. “Y muchos no poseen recursos o ahorros para mantenerse sin ingresos constantes. En definitiva, esto se asocia con un aumento del riesgo”. Además, más familias hispanas que caucásicas, en especial en ciudades como New York y Miami, viven en hogares multigeneracionales.
Al igual que Feliciano y sus familiares, es común que las familias Latinas no puedan -o no quieran- distanciarse. “En esta comunidad, las familias pasan gran parte del tiempo juntos”, comenta la Dra. O’Phelan. “Cuando alguien enferma y debe aislarse o estar en el hospital, es muy difícil. Con frecuencia, es inevitable evitar interacciones para alguien que debe continuar trabajando con gente. Están en la misma casa o brindan apoyo financiero vital para la familia. Es muy difícil pedir a las personas que pueden no ser sintomáticas que tomen precauciones. Puede ser una enorme carga para toda la familia.”
Otro obstáculo para el acceso a servicios de salud fue el temor a que las autoridades migratorias usaran el sistema de salud para arrestar a personas indocumentadas, señala el Dr. Correa. “Hubo informes en todo el país de que ICE [Immigration and Customs Enforcement] detuvo personas en su camino al médico o al hospital”, señala. “El sistema de salud se consideraba un espacio seguro en el contexto de las leyes migratorias, y el gobierno [de Trump] violó esa confianza. Fue muy preocupante”.
Feliciano admite que creyó que COVID-19 sería como un mal resfriado o como la influenza (gripe). “Odiaba usar mascarillas en el trabajo, y no me importaba mucho el virus, pero ahora sé que es real”, dice. “Es triste tener que perder a tantas personas para que lo tomemos con seriedad. Ahora que los lugares están reabriendo, la situación puede ser peor si la gente no mantiene la distancia y usa mascarilla”.
Tiene un mensaje simple para familiares, amigos, y para toda la comunidad Latina: “Tomen sus precauciones”.
Cómo evitar exponerse a COVID-19
En Estados Unidos la pandemia aún no cede, por lo que es crucial estar en guardia, explica Daniel J. Correa, MD, jefe adjunto de Neurología en Montefiore Medical Center y profesor asistente de Neurología en Albert Einstein College of Medicine en New York City. “Debemos cuidarnos mutuamente”, indica. “Sólo juntos como una comunidad saludable podremos superar esta pandemia. Cada uno debe hacer su parte, utilizar mascarilla, mantener distancia social, ponernos la vacuna contra la influenza (gripe), y seguir las recomendaciones de hospitales y de la Food and Drug Administration sobre tratamientos y futuras vacunas para COVID-19”.
Recuerde los siguientes consejos, señala el Dr. Correa.
- Cuando visite a un familiar que no vive con usted, use mascarilla y mantenga la distancia dentro y fuera de la casa.
- Si es trabajador esencial, revise con su empleador y gobiernos local, regional y estatal, las opciones de cuarentena si tiene síntomas o una prueba positiva para COVID. Algunos estados y ciudades ofrecen habitaciones y espacios. Esto ayudará a mantener a su familia segura si no tiene espacio en casa.
- Si se expuso en el trabajo, use mascarilla en casa hasta que se haga la prueba, o bien, mantenga cuarentena separado de su familia.
- Si tiene enfermedades crónicas, pregunte a su médico sobre telemedicina o consultas telefónicas.
- Pida a su médico prescripciones para resurtir medicamentos, y asegúrese de que no se agoten, en especial los medicamentos para crisis epilepticas, presión arterial alta o diabetes.
- “Si conoce a alguien que necesita alimentos, alojamiento u otras necesidades, acuda a su banco de alimentos para ver si puede ayudar”, indica el Dr. Correa. “También puede pedir a su médico lo refiera con un trabajador social que lo conecte con los servicios locales”.
Recursos sobre COVID-19 para la comunidad Latina
- The Hispanic Federation: hispanicfederation.org; 844-432-9832
- League of United Latin American Citizens: lulac.org; 202-833-6130
- Latino Community Foundation: latinocf.org; 415-236-4020
- Congressional Hispanic Caucus Institute: chci.org; 202-543-1771