La evidencia disponible sugiere un vínculo entre COVID-19 y el riesgo de ataque cerebrovascular, un fenómeno que urgenciólogos y neurólogos informaron unas semanas después de comenzar el brote en Estados Unidos. Algunos pacientes fueron al hospital por un ataque cerebrovascular y dieron positivo para COVID-19, otros tuvieron el ataque después de ser hospitalizados por el virus.
Aunque el riesgo de ataque cerebrovascular también se relaciona con otras infecciones, como influenza o infecciones bacterianas graves, parece ser mayor en COVID-19 — quizás hasta siete veces mayor que con influenza, según un estudio de julio de 2020 publicado en JAMA Neurology. El aumento en el riesgo podría relacionarse con una reacción inmune y mayor inflamación, ambas relacionadas con el sistema de coagulación. Cuando la inflamación produce un coágulo capaz de desencadenar un ataque cerebrovascular, se denomina tromboinflamación. Entre 1% y 3% de los pacientes hospitalizados con COVID-19 se ven afectados por un ataque cerebrovascular, un porcentaje minúsculo en el total de casos de COVID-19. El riesgo aumenta a entre 5% y 6% en pacientes críticos. Alrededor del mundo, informes muestran que los pacientes jóvenes y relativamente sanos podrían sufrir un ataque cerebrovascular incluso sin presentar los síntomas típicos de COVID-19, como fiebre, tos y pérdida del gusto y olfato.
Algunas características del ataque cerebrovascular relacionado con COVID-19 se han documentado, como coágulos en sitios inusuales (p. ej. en la arteria carótida) o que reaparecen después de haberse eliminado, lo cual sugiere que el virus causa una tendencia mayor a la coagulación. Algunos pacientes presentan un ataque cerebrovascular grave que afecta vasos principales del cerebro y puede provocar pérdida del lenguaje y parálisis. Otros presentan múltiples ataques diminutos que afectan vasos pequeños del cerebro. Lo anterior podría deberse a anomalías en los vasos pequeños debidas quizá a la capacidad del virus para unirse al revestimiento de los vasos. También se ha reportado un número menor de casos de hemorragia cerebral en pacientes en estado crítico.
Los estudios muestran que un paciente con ataque cerebrovascular y COVID-19 tiene mayor probabilidad de morir que uno sin COVID-19. Esto podría deberse a que la respuesta inmune al virus puede causar una condición inflamatoria grave denominada tormenta de citocinas, la cual aumenta el riesgo de ataque cerebrovascular y de daño a otros órganos, y finalmente provoca la muerte.
El tratamiento del ataque cerebrovascular es el mismo, guarde o no relación con COVID-19, e incluye medicamentos anticoagulantes, trombectomía (eliminación mecánica del coágulo), y medicamentos para reducir el colesterol, como las estatinas. La recuperación también es similar. Cierta evidencia sugiere que administrar anticoagulantes poco después del ingreso al hospital por COVID-19 podría disminuir el riesgo de coágulos y de ataque cerebrovascular subsecuente, pero esto no se ha corroborado en estudios clínicos.
Si usted, o alguien que conoce, tiene síntomas de ataque cerebrovascular, llame enseguida al 911. Aunque una persona podría resistirse a acudir a un hospital por temor al contagio de COVID-19, el hospital será el sitio más seguro si tiene un ataque. Por esta razón, la American Heart Association creó Don’t Die of Doubt, un programa educativo que recuerda llamar al 911 y explica el acrónimo DALE para reconocer y atender síntomas de ataque cerebrovascular: D, debilidad facial, A, aflojar brazos o piernas, L, lenguaje difícil de entender y E, entrar en contacto inmediatamente con el 911. Otros signos incluyen cefalea intensa, mareo, pérdida visual o de sensibilidad y confusión súbita.
El Dr. Elkind es presidente de American Heart Association. Además, es profesor de Neurología y Epidemiología, y jefe de la división de Investigación de resultados clínicos de Neurología y Ciencias de la población en Columbia University en New York.