Esperando el fin de la pandemia
Esmeralda Santiago se resguarda en Maine y agradece a los trabajadores esenciales.
Esmeralda Santiago se resguarda en Maine y agradece a los trabajadores esenciales.
Como sobreviviente de un ataque cerebrovascular, Esmeralda Santiago es una de las tantas personas de alto riesgo para COVID-19, aunque aclara que como escritora que hace del “autoaislamiento un estilo de vida”, no le ha costado tanto trabajo resguardarse durante el pico de la pandemia. “Algunos escritores gustan de trabajar en cafeterías pero yo prefiero mi habitación tranquila, con mi música y mis tótems y talismanes; así que mis días no han cambiado tanto”, señala.
La autora de la aclamada biografía When I Was Puerto Rican también sabe lo que es vivir con poco. “Crecí pobre y comiendo arroz y frijoles. Aunque las alacenas se queden vacías, mi esposo y yo sobreviviremos con lo que tengamos, siempre y cuando no falte mi arroz integral”.
A principios del otoño de 2019, Santiago y su esposo se retiraron a su casa en un pueblo rural de la costa de Maine. Uno de los personajes de su libro actual nació y creció en Maine y Santiago quería experimentar otra vez el invierno ahí. Ella y su esposo son visitantes regulares durante abril y septiembre, y les sorprendió un invierno relativamente leve. Entonces, llegó la pandemia.
“No he salido de casa desde principios de marzo, excepto para caminar”, indica. “Si alguien viene hacía mí, tendrá que cruzar la calle y nos saludaremos o hablaremos desde lejos. Pido víveres en línea y una de mis hermanas en Florida que sabe coser nos ha hecho algunas mascarillas. Lo único que no puedo pedir tanto como quisiera son vegetales frescos, así que mi esposo sale a la tienda con una lista larga y compra lo que está disponible”.
Su mayor preocupación es su pequeña comunidad que ha recibido un duro golpe económico. “Se siente como una verdadera comunidad. Las personas se ayudan unas a otras y los jóvenes hacen las compras de las personas de edad avanzada para evitar exponerlos. Es muy conmovedor ver que muchas de las personas que conozco han perdido sus empleos. Las tiendas que son de familias locales están sufriendo”, comenta. “Este es un pequeño pueblo de pescadores y ellos han perdido mucho de su negocio por el cierre de restaurantes. Además, los pescadores siguen saliendo para poner trampas y, sin recibir ingresos, aún tienen que cubrir costos de trabajo, como el combustible de sus botes”.
Ella y su esposo también han sentido el golpe económico. Las conferencias, presentaciones y lecturas que financian sus obras se han cancelado hasta enero de 2021. “Mi esposo es cineasta de documentales y sus proyectos también se han pospuesto o cancelado”, indica. “Da miedo tener nuestra edad y preguntarnos si, cuando regrese la normalidad, seremos aún relevantes para las personas que nos contratan”.
Además de trabajar en su nueva novela, Santiago medita, practica yoga y escribe en su diario. “Casi todo lo que escribo es sobre mi nuevo libro. Desde el ataque cerebrovascular, leer y escribir ha sido más dificil. Me frustro mucho y tengo que leer el mismo pasaje varias veces o hacerlo en voz alta para poder entender lo que no entendí la primera vez”.
Hasta ahora, no siente la obligación de escribir sobre la pandemia. “Me lo han pedido, pero creo que personas más afectadas que yo, los que viven en una ciudad saturada o que ellos mismos han sido afectados o alguien cercano a ellos— son más adecuados para escribir al respecto”. Aún desconoce el efecto que la experiencia de la pandemia tendrá en sus obras, pero mantiene una mente abierta.
Hasta entonces, espera que la pandemia motive a que la gente piense sobre lo que realmente necesita para satisfacer su vida. “Crecí pobre y en algún momento decidí que mientras mantenga un cierto grado de comodidad para mí y mi familia, no competiría en una carrera que no quiero correr”, comenta. “Me sorprende leer de personas que se aburren en la cuarentena. Hay tanto que ver y hacer, incluso si estás atrapado en un departamento. La tecnología lo hace más fácil. Aprender un idioma, dibujar, coser mascarillas para trabajadores de la salud, leer La Guerra y la Paz, soñar despierto o escribir un diario. Si mis hijos se quejan de estar aburridos, les recuerdo que el aburrimiento es un fracaso de la imaginación. La vida es demasiado corta para aburrirse. El aislamiento social podría forzarnos a reevaluar cómo pasamos el tiempo, nuestro recurso más preciado y el más efímero”.
Santiago agradece que, hasta ahora, nadie en toda su familia — muchos son trabajadores esenciales como policías, guardias y agentes de seguridad (TSA) — se hayan enfermado. “Uno de mis hermanos estuvo en cuarentena por exposición, pero no se enfermó y ya regresó a trabajar. Pero me preocupo por ellos”, comenta. “Agradezco mucho a todos los trabajadores que día a día salen y se arriesgan a exponerse y dejan a un lado sus propias preocupaciones para hacer un mundo mejor para los demás. Es algo muy emotivo para mí y estoy muy agradecida”.