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COVID-19 en Español
By STEPHANIE CAJIGAL

La investigación más reciente podría ayudar a las personas con COVID-19 prolongado

Las personas con síntomas persistentes de COVID-19 describen su recuperación como lenta e inconstante y recurren a los médicos y a otros sobrevivientes en busca de respuestas y apoyo.

Person with long COVID symptoms kneeling on the floor in discomfort
Ilustración de Jorge Colombo

Antes de la pandemia de COVID-19, Kevin Tock se consideraba por demás sano. Tenía sobrepeso y ataques de migraña pero, en general, se sentía bastante bien para tener casi 60 años. Pero en noviembre de 2020 enfermó de COVID-19 y perdió 31 días de trabajo mientras se recuperaba en su casa. Ahora ya con 60 años, Tock, residente de Fort Myers, FL, ha regresado a su trabajo en el que da mantenimiento al sistema de irrigación de un campo de golf, pero está muy lejos de sentirse recuperado por completo. En ocasiones, cuando despierta, sus brazos y piernas se sienten entumidos. A menudo siente la cabeza pesada y congestionada, y de vez en cuando escucha un inexplicable zumbido en los oídos y se siente constantemente agotado. Si no necesitara el dinero, no habría regresado a trabajar. La mayoría de los días llega a casa y se va a la cama a las 7 pm. El más nuevo de sus síntomas es especialmente alarmante: pérdida de la memoria de corto plazo.

“Todos me dicen: ‘Hombre, ya tienes 60 años’, pero no pasas de recordar 90% de todo, a no recordar casi nada”, cuenta Tock. “En el trabajo, cuando alguien me pide que haga algo, tengo que escribirlo o ponerlo en mi teléfono, de lo contrario, haré otras cosas y me olvidaré por completo”.

Tock cuenta que sus síntomas son desconcertantes para él y para los médicos que ha consultado, quienes no han sido particularmente serviciales o empáticos. “Cuando tienes todos estos síntomas extraños, vas al especialista y te mira como si estuvieras loco; eso ha sido lo peor”.

Al comienzo de la pandemia, los expertos dijeron que la mayoría de las personas infectadas tendrían una enfermedad leve y que se recuperarían en unas dos semanas; pero un año y medio después, se ha hecho evidente que algunas personas —incluso algunas que inicialmente no tuvieron enfermedad grave— presentan una modalidad muy diferente de la enfermedad. Algunos sobrevivientes de COVID-19 han compartido en redes sociales y con sus médicos testimonios sobre síntomas interminables. El término “COVID prolongado o de larga duración” se ha utilizado para describir lo que han estado viviendo. Los expertos lo han denominado secuelas posagudas de la infección por SARS-CoV-2, o PASC, por sus siglas en inglés.

Liza Fisher, de 37 años y residente de Houston, llama a su ciclo constante de síntomas de COVID-19 “la rueda de hámster del coronavirus”. En verano de 2020 se contagió y fue hospitalizada durante una semana por neumonía relacionada con COVID-19. Luego, Fisher desarrolló síndrome de taquicardia ortostática postural (POTS, en inglés) — un padecimiento del sistema nervioso autónomo que se caracteriza por un aumento anormal de la frecuencia cardiaca que se produce al levantarse después de estar acostado — y comenzó con temblores en todo el cuerpo que le dificultan caminar.

Ahora utiliza una silla de ruedas la mayor parte del día y no ha regresado a sus trabajos como asistente de vuelo e instructora de yoga. “Me he vuelto una persona con enfermedad crónica”, dice Fisher, pero señala que sus “mejores momentos” y sus “horas de funcionalidad” han aumentado en los últimos meses.

Para Lesley Tessler, terapeuta de lenguaje retirada de 74 años y residente de Oakland, NJ, el impacto persistente de la infección por COVID-19 ha sido el empeoramiento de los síntomas de ataxia cerebelosa. Tessler fue diagnosticada hace cinco años con esta enfermedad progresiva que afecta el equilibrio y el movimiento; cuando comenzó la pandemia, le preocupaba que tuviera un riesgo más elevado de complicaciones si contraía el virus. Ella y su esposo utilizaban mascarillas y salían únicamente al supermercado y a las citas de fisioterapia de Tessler.

A pesar de su apego a las medidas, en abril de 2020 ambos enfermaron. Tessler fue hospitalizada durante una semana y recibió oxígeno. Desde entonces, ha notado que sus síntomas neurológicos se han acentuado. “Mi equilibrio ha empeorado y me siento aturdida todo el tiempo”, cuenta. “Antes de la pandemia, podía conducir a cualquier lado, ahora sólo puedo hacerlo en mi zona”.

El síntoma más difícil para Tessler ha sido la fatiga. “Todo el tiempo siento que me falta el aire”, señala. “Hago cualquier cosa y tengo que recostarme”. Le resulta insólito cómo el coronavirus la ha afectado: “parece que el virus sabe dónde atacar, conoce las áreas vulnerables de cada persona y ataca directamente ahí”.

Los días en que Tessler sólo quiere recostarse en el sofá, su esposo la motiva a ser más activa. Toma una dosis baja de un antidepresivo y va a fisioterapia algunas veces por semana. “Mantengo mi mente ocupada y positiva porque es muy fácil desconectarse y abandonar todo”, dice.

Las formas en las que el COVID prolongado afecta a las personas son diversas e incluyen también aspectos neurológicos y psicológicos. En una encuesta publicada en EClinicalMedicine en julio, y que fue realizada a 3 762 personas que tuvieron COVID-19 en 56 países, los encuestados reportaron un total de 203 síntomas y cada uno tuvo más de 55 síntomas en promedio. Al cabo de seis meses, los más frecuentes fueron fatiga, malestar después de los esfuerzos y disfunción cognitiva. Sin embargo, los síntomas también incluyeron otros tan diversos como temblores, comezón, disfunción sexual, palpitaciones, problemas de control de la vejiga, herpes zóster, alucinaciones, pérdida de memoria, visión borrosa, diarrea y tinitus. La mayoría de los encuestados aún tenían síntomas siete meses después de haberse enfermado por primera vez.

El impacto del COVID prolongado en la salud pública ha tenido tal profundidad que en diciembre, el Congreso asignó a los National Institutes of Health fondos por $1.15 mil millones de dólares a lo largo de cuatro años para financiar la investigación sobre PASC.

Se desconoce la cantidad exacta de personas con PASC, pero los estudios sugieren que afecta a entre 10 y 30% de los sobrevivientes de COVID-19, señala Avindra Nath, MD, FAAN, director clínico del National Institute of Neurological Disorders and Stroke en Bethesda, MD. Por lo general, los síntomas de PASC se clasifican en tres grandes categorías: disautonomía (mal funcionamiento del sistema nervioso autónomo); deterioro cognitivo, el cual incluye padecimientos como niebla cerebral, depresión o ansiedad; intolerancia al ejercicio y fatiga extrema.

Un estudio publicado en Nature Medicine en marzo, el cual analizó los datos de más de 4 100 personas de Estados Unidos, Reino Unido y Suecia que registraron sus síntomas de COVID-19 en una aplicación, identificó ciertos factores de riesgo para COVID prolongado: sexo femenino, edad avanzada, tener asma, presentar cinco o más síntomas después de la primera semana de síntomas y haber padecido síntomas tan graves que justificaran una posible hospitalización.

Un misterio a resolver

Varias hipótesis circulan sobre la forma en la que el coronavirus afecta al cuerpo. Una de ellas es que la falta de oxígeno que ocasiona el virus provoca daño pulmonar y cerebral. Otra es que el virus daña las células del sistema nervioso. Una más, que el Dr. Nath considera la más viable, es que el virus provoca daño indirecto al desencadenar una respuesta inmunitaria intensa que confunde al organismo y hace que ataque células sanas que considera son invasores extraños.

“La teoría de la infección directa del cerebro no ha convencido del todo”, indica el Dr. Nath. “Algunos estudios aseguran haber encontrado el virus en el cerebro, pero incluyeron sólo unos cuantos pacientes y la cantidad de virus en el cerebro fue muy pequeña. Incluso si esta teoría fuera correcta, no podría explicar la diversidad de síntomas que se han identificado”.

Otra área de interés es la forma en la que el virus afecta arterias de todo el cuerpo y el cerebro que son demasiado pequeñas para observarse en una resonancia magnética, señala Jonathan Rosand, MD, MSc, cofundador del McCance Center for Brain Health en Massachusetts General Hospital en Boston. “Me pregunto si los coágulos que se han encontrado en los pequeños vasos sanguíneos de algunos pacientes con COVID-19 darán paso a otros descubrimientos importantes sobre lo que en realidad causa la disfunción cerebral relacionada con COVID”, comenta.

Otra posibilidad es que el virus ataque desde el bulbo olfatorio, señala Gabriel de Erausquin, MD, PhD, MSc, profesor de neurología de Joe R. and Teresa Lozano Long School of Medicine en UT Health San Antonio. El bulbo es una estructura ubicada cerca de la región frontal inferior del cerebro que contiene nervios que transmiten al cerebro información sobre los aromas. “Podría bastar con que el virus estuviera en el bulbo olfatorio para desencadenar un proceso molecular anormal en todo el cerebro”, explica.

Mientras los investigadores estudian las causas, los médicos hacen lo posible para ayudar a los pacientes. Una vez que se han asegurado de que no hay otras enfermedades subyacentes, los médicos prescriben medicamentos y terapias para tratar los síntomas. “Incluso sin conocer el mecanismo fisiopatológico, los médicos pueden hacer una gran diferencia en la calidad de vida de sus pacientes”, comenta el Dr. de Erausquin.

La cantidad creciente de pacientes con PASC ha hecho que muchos centros médicos abran clínicas post-COVID-19 que cuentan con profesionales de la salud de diversas especialidades, como rehabilitación física, neumología, infectología, neurología, psicología y trabajo social. Survivor Corps, un grupo de apoyo en línea para personas con COVID prolongado, tiene un mapa en su página web que muestra la ubicación de estas clínicas.

La mayoría de los pacientes del Center for Post-COVID Care en Mount Sinai en New York City no tuvo un caso grave de COVID-19 y nunca estuvo hospitalizada, indica Allison P. Navis, MD, neuróloga a cargo de la clínica. Esto coincide con lo documentado en los estudios que se han publicado: la mayoría de las personas con COVID prolongado que han sido encuestadas para el estudio EClinicalMedicine, por ejemplo, no estuvo hospitalizada.

Los síntomas más comunes que encuentra la Dra. Navis son niebla cerebral, dolor de cabeza, alteraciones sensitivas, disautonomía y fatiga intensa. La Dra Navis trata la niebla cerebral controlando los factores que pueden contribuir a ella, como la falta de sueño, la depresión o la ansiedad.

Enfoque en los síntomas

A los pacientes que desarrollan temblor, la Dra. Navis les puede prescribir medicamentos utilizados generalmente para temblor esencial o convulsiones. Algunos pacientes con COVID prolongado también han informado una sensación de vibración interna — para la cual la Dra. Navis prescribe gabapentina, un anticonvulsivo y analgésico. Comenta que la causa de estos síntomas no es clara, pero podría deberse a daño directo en los nervios por COVID-19.

“Aún no encontramos algo que proporcione alivio para todos los síntomas”, dice la Dra. Navis. “Nos enfocamos en cada uno de ellos y vemos si es posible eliminarlos o disminuirlos. Un síntoma puede desencadenar otros. Por ejemplo, la actividad física o mental pueden producir fatiga o dolor de cabeza”.

La Dra. Navis solía solicitar estudios de diagnóstico por imagen y de función autonómica para tratar de ubicar la causa de los síntomas de sus pacientes. Sin embargo, los resultados solían ser normales, por lo que ahora es más probable que omita los estudios y pase directo al tratamiento. Por lo general, el manejo es el mismo sin importar lo que muestren los estudios.

“Es frustrante no obtener las respuestas, pero eso no significa que no pase nada”, explica la Dra. Navis. “Es posible que los estudios no tengan la sensibilidad suficiente, o bien, que no estamos buscando en el sitio correcto. A medida que la investigación se acumule, aprenderemos más, pero llevará más tiempo”.

El COVID prolongado es similar a otras enfermedades que, se sabe o se cree, son causadas por virus, como el síndrome de fatiga crónica, el síndrome respiratorio del Medio Oriente y el síndrome respiratorio agudo grave, indica Nicholas R. Mathenia, DO, director de neurología general en el Edward Neurosciences Institute en Naperville, IL. Otra condición que se puede desarrollar después de infecciones virales, como la de COVID-19, es POTS, el síndrome que Liza Fisher ha experimentado. Sus síntomas son similares a los de COVID prolongado: fatiga, aturdimiento, niebla cerebral, dolor de cabeza y ritmo cardiaco anormalmente rápido al ponerse de pie.

“Una cantidad significativa de personas con síntomas persistentes de COVID prolongado presenta frecuencias cardiacas en reposo y de pie más elevadas, debido a algún tipo de disfunción autonómica”, afirma Svetlana Blitshteyn, MD, directora y fundadora de Dysautonomia Clinic y profesora asistente de neurología en la Jacobs School of Medicine en Buffalo, NY.

La travesía hacia la curación

La recuperación del COVID prolongado es gradual, y regresar lentamente a las actividades normales es la clave, señala la Dra. Navis, además advierte que el paciente no debe esforzarse demasiado, ya que eso podría agravar los síntomas. “Es importante programar varios descansos”, recomienda.

Los cambios en el estilo de vida también son recomendables, indica Janna L. Friedly, MD, directora de la Post-COVID Rehabilitation and Recovery Clinic de UW en Harborview Medical Center en Seattle. A los pacientes con insomnio se les aconseja evitar la exposición a las pantallas de dispositivos digitales o de la televisión, cerca de la hora de dormir, y mantener un horario de sueño regular; también se les puede prescribir melatonina u otros auxiliares para dormir. “Recuperarse de COVID prolongado es más tardado de lo que se creía, pero vemos bastante mejoría”, comenta la Dra. Friedly, quien contrajo COVID-19 en abril de 2020 y tuvo síntomas que persistieron durante meses.

Los pacientes con problemas cognitivos deben dormir bien, ejercitarse, comer alimentos saludables y reducir el estrés, aconseja Lindsay McAlpine, MD, BSc, neuróloga de NeuroCOVID Clinic en Yale New Haven Hospital en Connecticut. Los médicos recomiendan acudir con un psiquiatra para tratar la ansiedad o la depresión. A los pacientes que continúan con dificultad para concentrarse, la Dra. McAlpine prescribe medicamentos para el tratamiento del trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Uno medicamento utilizado para TDAH ha ayudado a Liza Fisher, quien recibe su tratamiento a través de la Post-COVID-19 Recovery Clinic en UT Health San Antonio. “Por primera vez, puede mantener una conversación con alguien y no hablar extraño”, dice. Espera poder volver a leer todas las noches, como solía hacer antes de enfermar. Fisher también toma betabloqueantes y corticosteroides, y dice que estos han disminuido sus temblores.

La investigación para lograr un tratamiento que cambie el curso de PASC continúa. El Dr. Nath, por ejemplo, realiza un estudio para evaluar un tratamiento que combina un corticosteroide con inmunoglobulina intravenosa, y lo compara con placebo para conocer su efecto en la recuperación.

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